La mentira, herramienta para la construcción de sociedades modernas

 La mentira, herramienta para la construcción de sociedades modernas

Al amigo Lucio Perez

Cualquier sociedad moderna, nueva; con capacidad para crecer, desarrollarse, potencialmente sana; en la mayoría de las ocasiones tiene sus raíces profundamente insertas en el campo de las mentiras. Partiendo desde allí se puede deducir que la mentira no parece ser en si misma un mal; todo reside en la intención de su uso, porque usada con prudencia, discreción, buena voluntad y sensatez; lo que parece imposible se convierte en posible y bueno.

El uso de expresiones, palabras y acciones que van en contra de lo que se sabe como verdadero, la mentira, se puede utilizar para fingir, engañar, aparentar, persuadir o evitar situaciones desagradables, obtener un beneficio para quien es sujeto de los efectos de la mentira y en algunos casos en contrario, como base para causar daño, físico, moral o tomar ventaja sobre la persona a quien es dicha. Parece un invento del inicuo, pero también existen las mentiras piadosas o benevolentes que llegan para evitar dolor, que se desarrollen situaciones desagradables o dañinas e incluso para proporcionar, crear y sostener un bien posible y hasta superior.

Si bien tiene la inmediata connotación negativa; que dependiendo del contexto puede ser valuada como un delito moral o judicial dependiendo de su construcción, ocasión y consecuencias; también es cierto que en más de una ocasión fue una mentira la que salvo a un inocente o sirvió de inicio para algo grande y bueno. Porque es cierto, cuanto se construye una mentira con la intención cierta de construir algo muy bueno. Tal vez se logre iniciar algo grande y positivo para beneficio de las mayorías. Por tal razón es posiblemente válido decir que la mentira es necesaria para la construcción del régimen social positivo y para crear el ecosistema de ciudadanía auténtica, responsable y solidaria para quienes viven en el mismo espacio geográfico. 

Si la mentira tiene una función noble como la de formar ciudadanos leales y en consecuencia sociedades, es entonces, una herramienta política necesaria para evitar el caos y crear el sentido de país; con mentiras creíbles se explican a satisfacción las divisiones de clases, las diferencias económicas y sus consecuencias y, en suma, la movilidad o inamovilidad social. Friedrich Nietzsche afirma que la verdad es un sistema de mentiras inventadas, consolidadas y establecidas para facilitar la convivencia en sociedad y disminuir la incomodidad del pueblo que debe soportar la amargura de vida que le da un régimen; algo así como la mamá que dice a su bebe; con dulce voz, sonrisa fingida y poco convencida de sus propias palabras; comete esta rica regla social, esta sabrosa falsedad política, esta dificultad material, que todo eso te hará más fuerte y sano.

Para lograr la estabilidad social y política, el régimen que gobierna un país debe inventar mentiras creíbles, y creerlas; que expliquen y sostengan el porqué de la realidad social de sus ciudadanos y la necesidad de un gobierno como el que tienen; como dijo Maquiavelo, el gobernante debe dominar la apariencia y el engaño cuando la verdad pondría en riesgo la estabilidad del régimen.

Las principales ficciones jurídicas, las que sirven de base para la creación de un Estado; soberanía, contrato social, representación, voto, independencia y autonomía económica; no son verdades, son mentiras legales sin las cuales una nación no podría sobrevivir ni un verano. Y esto ocurre porque las mentiras nobles, blancas y buenas existen. Existen como existen los cuentos de hadas. Lo más impresionante es que hasta sus creadores se las creen y sirven de aire para mantener el fuego de las llamas patrias. El combustible son ciudadanos quemados, sacrificados e inmolados en el mal llamado altar de la patria. Sin su sangre voluntariamente derramada sería imposible sostener la ficción de país político, de cohesión social infranqueable y de ciudadano adaptado al sistema económico, social y político, en conclusión; la mentira política permite mantener la convivencia cuando la verdad provocaría división o violencia en contra del régimen imperante.

Los que rechazan la mentira como necesaria dicen que por naturaleza es fea, dañina, orada la confianza y que un estado construido sobre la ficción no puede ser justa, es por nacimiento corrupta y trata a sus ciudadanos como mentecatos incapaces de soportar el peso de la realidad, así como lo es el idiota que temen al trueno y a su hermano el rayo. 

Esos mismos que rechazan la existencia de mentiras buenas o necesarias y que consideran valido desobedecer a un gobierno que se construye sobre el engaño y la falsedad, porque mentir viola la dignidad humana, que un contrato social con esas bases es nulo desde su nacimiento, son capaces de mentir para sostener su propia narrativa en nombre la justicia y la paz.

Sin la verdad, valores morales como libertad, fraternidad o igualdad no tienen fuerza normativa real, no sirven para impulsar el progreso y desarrollar derechos que de verdad generen igualdad y beneficien a todos los ciudadanos. Sin el imperio de la verdad solo quedan mentiras para la discusión política y esta debe ser debatida en los espacios legislativos por dura que sea porque la ciudadanía tiene derecho a escoger que parte de la verdad soportar y no dejar ese trabajo a una elite que se apropió del ejercicio de escoger cuales mentiras decir y de cuáles son las verdades que se deben esconder. El ciudadano moderno quiere y exige la verdad dura y palpable incluso si es molesta.

Las sociedades no avanzan ni crecen bajo la sombra de las mentiras lo hacen bajo el sol de la verdad, de otra forma los ciudadanos se aíslan y dejan de creer en el sistema lo que al corto plazo amplia las desigualdades reducen los derechos y genera una patología mitómana como forma de gobierno que termina por destruir a cualquiera nación. Y una mentira de nación se desbarata por falta de la cohesión que da la verdad, mientras que la mentira le erosiona hasta romperle tarde o temprano.




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