La bandera robada

 La bandera robada

Primera parte: el final

Permitan ustedes que me presente, me llamo Mabel B. …por supuesto, este no es mi verdadero nombre. El que me dieron al nacer, se desgato en los caminos que recorrí, quedo en las selvas de mi país de nacimiento y al llegar a Buenos Aires desapareció; ese quedo enterrado para siempre en aquel campamento faccioso, militar, de derecha o de izquierda, tal vez del narcotráfico o quizás de los mineros ilegales, no importa en realidad; lo cierto es que de allí hui cuando tenía trece años, apenas unos meses después de haber llegado.

Hoy vengo a entregar la razón por la que, con certeza se, que lo ocurrido en ese muro que hoy veneran como “El muro de las niñas en combate” es una vergüenza y más aún, una total mentira. Vengo a cumplir mi debe de desvelar la verdad; nada más. Dejo atrás todas mentiras que se han dicho, voy a decir lo real, lo que de verdad ocurrió en esos infames días, lo diré con la fuerza y el ánimo que la vida da a quienes sobrevivimos al horror de los actos más salvajes. 

Se que ocurrió exactamente, pues soy la única superviviente, aunque se diga que no los hubo. Soy quien escapo de ese día del miedo y terror. Lo sé con certeza porque soy quien desato esa tormenta de homicidios, venganza y violencia visceral.

Les hablare del mal llamado “El muro de las niñas” y su construcción por esta una única vez y juro que jamás lo hare de nuevo, por eso les ruego; con la misma intensidad con que más de una vez rogué por mi vida en aquella parte de lo que fue mi mundo; que presten toda su atención a lo que les voy a contar porque no lo pienso repetir.

Comenzare por el final, donde una niña que renuncio a su patria, a su identidad y en algún momento, a la vida, llega a Argentina y como hace parte de si, al país que la recibió. Eso ocurrió de la forma más irreal. Para huir del destino y el miedo corrí tanto como pude, después camine hasta que los pies me sangraron y entonces seguí hasta que los hombres fueron diferentes, los ríos más pequeños y las personas hablaban diferente, fue entonces que camine, no sin miedo, ya solo era cuestión de alejarme lo más posible, y no deje de hacerlo por largo tiempo. En esos días y meses pude constatar que lo improbable, no lo es, una niña sola puede ser invisible, desaparecer a los ojos de los adultos cuando estos no la quieren ver.

Cuando llegue a Buenos Aires la señora que se convertiría en mi nueva madre me encontró sentada mirando la blanca estatua en lo alto del pedestal, haciendo que me sintiera pequeña, más de lo que era. Ella me vio comer de lo tirado en la basura y sin preguntar nada me tomo de la mano y llevo a comer de verdad. Y lo hice, con voracidad, era mi primera comida del día, la primera de verdad en mucho tiempo. Con el miedo que se escapaba por las rodillas expuestas al frio de la tarde me deje llevar y escuche su conversación, era una de las madres de mayo; ella necesitaba una hija y yo carecía de una madre. Y fuimos soledades haciéndose compañía. Al principio, con recelo de animal asustado acepte su comida, su ayuda, su amistad y al final su amor. En todos esos años no hablamos del pasado, del dolor, de su perdida o las mías y el silencio nos unió en un lazo que ninguna de las dos admitió.  

Segunda parte: Yo

Mi madre verdadera me abandono durante un ataque a la ranchería donde vivíamos, tomo a mis dos hermanos más pequeños, más fáciles de cargar, para escapar de los hombre y mujeres que invadían el lugar y para evitar que la siguieran me dejo atrás con la promesa de regresar. No era que no me quisiera, era cuestión de elección bajo la lógica del dolor, yo era el producto de una violación casi olvidada y mis hermanos los hijos de un hombre quien si la respeto y ella hizo lo mismo. Nunca podre afirmar que se amaron, pero ella era sumisa por elección. En su imaginación y en la mía me dejo atrás para salvar a mis hermanos, supongo que, para tranquilidad de su conciencia; dejarme en manos de esos engendros del mal era dejarme con la familia del hombre quien provoco mi venida al mundo. Ella, no queriendo ninguno de los destinos de vida posible para sus otros hijos, armas, muerte, decidió correr con ellos en brazos y salvarlos a cualquier costoso. Y lo pago, me uso como moneda de cambio para costear el escape de mis hermanos y ella.

Ser golpeada sin necesidad solo para doblegarme y atada para que no escapara a pesar de no poderme sostener en pie por el temblor de todo el cuerpo y el miedo fue algo que no me sorprendiera; para quienes aún viven donde yo viví eso no les es extraño, ser tratado como animales recién atrapados es lo común. Lo extraño fue que no me violaron o asesinaron ese día; eso sí fue extraño. Después de la golpiza inicial y de arrancar a gritos la promesa de no tratar de escapar, a pesar de estar atada, de obedecer a mis captores que me amenazaban de muerte con un fusil en la mano; me pusieron bajo la vigilancia de una mujer; de la que nada me intereso, ni su color o el de su cabello, nada de lo que ella era, para mí solo era un espíritu de la selva que me cogía de mis largas trenzas y me llevaba a rastras;  que de vez en cuando me daba una patada con sus botas de hule mientras con gritos me obligaba a avanzar hacia lo desconocido en lo profundo del monte, que dos veces al día me dio para comer las sobras de sus raciones, comida que no sabía a nada, sacada cada vez de una lata diferente o de una bolsa plástica diferente, que en poco o nada era diferente a la anterior. 

Al segundo día de caminata nos separamos del grupo principal, eso me dio alivio y oportunidad de descansar del acoso de los hombres de la tropa que de día y noche debían ser mantenidos a raya por mi carcelera, por las buenas con puñetazos  o las malas a los tiros,  para que no me tocaran, para que dejaran de sobar mis inexistentes nalgas y manosear las tetas que apenas comenzaban a salir con un dolor muy intenso que las manos de la lujuria solo empeoraban. Separarnos de la tropa fue el descanso del acoso, pero no de las patadas que nuestras carceleras repartían con asombrosa facilidad.

Al atardecer del tercer día nuestro grupo había crecido hasta llegar a sumar cuatro carceleras y seis prisioneras, todas provenientes de otros ataques, por lo que las patadas y los insultos se habían multiplicado por tres. Porque mis vigilantes no querían pasar otra noche a la intemperie seguimos caminando en la casi oscuridad en la madrugada del cuarto día, obedeciendo las instrucciones de la carcelera líder, la noche se hizo más oscura, amenazaba lluvia; eso no importo, ellas ya se conocían de memoria el camino. Por eso en la madrugada del quinto día, llegamos a lo que ellas llamaron campamento, eso fue una gran tranquilidad para mí, un descanso que no había tenido desde que me secuestraron, que me arrastraron hacia lo más oscuro de la maldad humana.

Aun las sombras de una noche sin luna cubrían todo cuando entramos a un claro en la selva que estas mujeres llaman con reverencia “El campamento Liberación” Fue entonces cuando por primera vez agradecí dormir en el suelo, estaba seco y plano, porque ni chinchorro para nosotras tenían, y lo hice porque desde la llegada cesaron las patadas, las bofetadas y los alones de cabello. Tenía hambre, mucha hambre, y el rugido de alguna bestia de la selva o mi estomago me lo recordaban. En eso que trato de acomodarme en cualquier rincón sobre la tierra seca mi boca se llenó de saliva cuando vi como la gloria se dibujaba en la forma de un trozo de carne; no sé de qué animal, que alguien ya había mordido; lo miro y compruebo que esta cocido lo suficiente como para poder tragarlo y casi lo hago cuando veo seis pares de ojos que me miran. No soy un animal. No lo era, y compartí mi dicha con las niñas que en esta procesión me hacian compañía. Al final comimos con desesperación; tragando más pellejo, saliva, tierra y hueso que otra cosa; y fue suficiente para quienes no tienen nada. A las seis de la mañana comenzó la rutina.

Tercera parte: un muro en la selva

Cuando el sol salió y su luz se plantó sobre la selva fue cuando pude ver completamente lo que las mujeres llaman el campamento, no es más que un claro mal nivelado en medio de la espesura, como del tamaño de la plaza en algún pueblo del mundo, con sus esquinas más o menos definidas, pero este va rodeado de monte por los cuatro costados. En uno de ellos estaba la cocina, a su derecha el dormitorio de los tres hombres, del otro lado el dormitorio de las carceleras. Ellas son cuatro mujeres que han perdido su parte femenina casi por completo, no sé si por razón de la inclemencia del clima húmedo, por el sexo sin apego y constante con aquellos hombres que llegaron a aborrecerlas, por no tener otras mujeres con quien acostarse o simplemente porque la selva las transformó, en cualquier caso, es su decisión. El lado más definido y que siempre estaba caliente porque el sol le daba de lleno todo el día, era el que después entendí que, era el norte. El sol de la mañana le daba con suavidad y el de la tarde con nostalgia, en una selva esto era una bendición. Siempre estaba limpio y bien barrido, estaba señalado con un muro de piedras que todos los días reforzamos con nuevas piedras traídas del rio y ajustadas barro que hacíamos con nuestras propias manos, era nuestra creación y saber que lo alimentábamos con una o dos piedras cada día nos daba una sensación de estar construyendo algo bueno y bonito en medio de tanta desolación y tristeza. A pesar que ya tenía un metro de alto y diez de largo seguimos alimentándole con piedras y barro hasta que en algunos sitios tenía tres metros de grueso. Eso hacía que fuera el lugar ideal para descansar, calentarnos al sol, mirar el cielo y en algunas ocasiones hasta ver ondear nuestra bandera.

Al otro lado estaba nuestra choza, cinco palos con techo de paja al que hacen llamar el dormitorio de los cadetes. Es un cobertizo sin apenas paredes y con un triste y desnutrido entramado sobre el que descansa la paja. Y los chinchorros donde dormimos no son diferentes unos de los otros, con huecos y girones que cada noche debemos remendar, cubiertos de mugre y lágrimas secas. Desde esa primera mañana note la ausencia de niños, en un principio me importo poco, más tarde tampoco.  Allí también se guardan los equipos militares falsos o dañados, chalecos, fusiles, cargadores y minas antipersonal que debemos usar en las prácticas y que solo sirven para acumular polvo, arañas y serpientes junto con las herramientas de cultivo, inútiles, oxidadas y olvidadas. Es la misma choza que sirve de pesebre, almacén y rastro para los animales que ellos se comerán; ellos, nunca nosotras; porque siempre nos dan las sobras.

Según la instrucción que nos dieron, esa primera mañana y en los siguientes días, se supone que formamos una pequeña unidad militar autónoma e independiente que presta servicios de apoyo a unidades orgánicas grandes y complejas que requieren de servicios especiales. Una manera elegante e institucional para decir que este lugar proporciona carne para su máquina de moler personas. Muy poco fue lo que en lo militar y lo cívico me enseñó el campamento, el himno, la bandera, la patria y eso yo lo conocía desde la escuela y mis compañeras de infortunio que lo aprendieron en la selva lo hicieron con una bota de goma incrustada al final de la espalda. En eso pasamos cada mañana desde las seis hasta las siete y luego el resto del día se nos enseñó a ser mujeres; a palos, patadas, bofetadas, chancletazos y a gritos; a lavar ropa en el rio, a cocinar con lo que consiguiéramos, a recoger ñame silvestre y otros alimentos que da la selva, cuidarnos cuando llegara la regla y cuando nos tocaba tomar pastillas anticonceptivas. Yo estaba muy confundida porque aún no entendía cuál era mi destino en este mundo.

Todo en el campamento todo era muy confuso para una niña de trece años. Si no hacia lo que me ordenaban me ponían una sanción, que era más trabajo, limpiar las letrinas o traer más agua. Y si me justificaba, no lo reconocían. Después de preguntar ¿Verdad? De inmediato pasaban a ponerme otra sanción y no reconocían mi justificación; o me ponían el doble de la sanción. Lo más doloroso y desquiciante era cuando una de las carceleras me detenía en medio del campamento y me daba un discurso de media hora bajo el sol que casi siempre comenzaba con …o sea, ah, no le hiciste ahorita a ver, vas a hacer esta más la que te ponemos por haber respondido, te gusta ¿Eh? Si te gusta. Y entonces me dio por ser el incendio que ellos alimentaron con alimentar fuego. En mi mente estaba la idea de ¿no puedo cambiar? Ahora verán que puedo llegar a ser. Voy a ser de su familia voy a ser como ellos. Ser como ellos. ¿Cómo era eso para una persona como yo? Y me daba una respuesta ¿Qué sé yo? Bueno, dije, bueno me voy a voy a ser tremendades y tal y así lo hice por muchos días. Las tremendades eran siempre en mi guardia para que no quedaran dudas quien las hacía. Olvidaba recoger la bandera en la noche, dejaba quemar la comida, daba paso libre a las hormigas negras a los dormitorios de las carceleras. Pero nunca deje de izar la bandera en las mañanas. Y casi hasta allí llegan mis recuerdos.

Cuando entendí que en el campamento había normas y reglas, más normas, disciplina, y más reglas aprendí como causar el caos y sobrevivir. La disciplina nunca me molestó porque siempre me gustó el orden y la prueba es que a estas alturas de mi vida soy muy estructurada, pero nunca me ha gustado el abuso de poder, jamás y bueno, creo que eso es porque llevo en la sangre la necesidad de resolver el conflicto. Tal vez suene contradictorio, para cualquiera es así, pero para mí no lo es.

Cuarta parte: la rutina

La vida en ese campamento era rutinaria y triste, levantarnos, sacudir y recoger los chinchorros, barrer los pisos de tierra, tratar de sacar las alimañas que se alojaban en el techo de paja antes que se instalaran de forma permanente, matar a las hormigas negras gigantes que todas las noches trataban de entrar al dormitorio de las mujeres. Ese último era el trabajo más importante, y lo realizábamos aún antes que comer, porque si uno de esos insectos se le ocurría atacar a alguno de los carceleros, su odio caía sobre nosotros antes que el dolor de la mordedura o la angustia del hambre. Esa rutina parecía ser nuestro destino hasta que descubrí que era lo que estábamos haciendo allí además de aprender a cocinar, coser, lavar uniformes de hombres de uniformes que llegaban rotos y cubiertos de sangre. 

Las carceleras siempre las rotaban con mucha frecuencia porque una vez que sus heridas de combate habían sanado eran devueltas a no ser donde, hasta que llegaron juntas cuatro más violentas, despiadadas y que conocían desde hacía mucho tiempo a los tres jefes del campamento, que siempre eran los mismos. Estas últimas mujeres eran diferentes porque no habían sido heridas en combate ni habían tenido alguna lesión. Mas seguras de sí mismas o más descuidadas, hablaban sin cesar. Una tarde de lavado, cuando creían que no podía oírlas por el ruido del agua que corria por el rio, el mismo donde nos bañamos cada tarde, las escuché decir: ¿te imaginas? va casi medio año preparando estas niñas para la fiesta de cumpleaños del comandante. Eso va a estar muy bueno. El tipo solo quiere vírgenes ¿Por qué? Vienen los miembros del alto comando. Quieren que sea una fiesta inolvidable y perfecta. Yo supongo que tendrán que drogarlas. Seguramente. Estas no van a colaborar por las buenas. Por supuesto, nunca lo hacen. Y la que no colabore, a ti y a mí nos tocará hacerla colaborar a la mala. Y si no, no importa. será otra baja para nuestro ejército de liberación del pueblo.

Y lo comprendí todo. Estas carceleras estaban allí para prepararnos para un banquete especial, una fiesta donde el plato principal éramos nosotras.  Por un segundo pensé en escapar, pensé en mis compañeras, pensé en mi miedo, en mi cobardía …y en un instante después me resigné a nuestro destino. 

Quinta parte: su bandera

Cada último domingo de mes, se nos daban un descanso. Ese día podíamos ser gente, y hasta jugar como niñas, ese domingo podíamos retozar y no éramos soldados, no había formación, no había orden cerrado, no había limpieza de fusiles, lavado de uniformes, cocina, pastillas anticonceptivas y limpieza de las partes íntimas. El último domingo que estuve en el campamento le comenté a una de mis compañeras, una morenita, más bien negrita, alborotadita, pelito crespito, una niña muy agradable, la recién llegada, que lloraba todos los días, todas las noches y a cada momento No sé si quería calmarla, no sé si quería darle la oportunidad de pensar en otra cosa que no fuese su familia o los muertos que dejo atrás. Por eso le comenté que ya sabía para qué nos estaban guardando, para una fiesta. Y ella me miro como si no supiera de qué le estaba hablando. Creo que en realidad tampoco lo sabía o no lo entendía, era muy pequeña. Porque a lo sumo tendría diez años; que iba a saber de hombres y de algo más; solo era otra niña perdida. 

Cuando hablaba con la niña estábamos tendidas sobre el muro de piedra y eran como las diez de la mañana, habíamos tomado un baño en el rio, descansamos mientras veíamos como el viento caliente y lleno de humedad de la selva movía las banderas de nuestra unidad, del ejército al que nos obligaron a formar parte y de nuestro país. Ella me dijo palabras que siempre recordare, así, como salidas de la nada: siempre he querido tener en mi casa una bandera como esa ¿Como cuál? ¿Como esa, la que tiene tres colores? Sí, como esa, la que tiene tres colores ¿Qué colores son? ¿Cómo se llaman? Y me di cuenta que era una niña tan boba, tan ingenua que ni los colores de la bandera de su país conocía. Quizás ni sabía a qué país pertenecíamos. Quizás tampoco sabía dónde estábamos o qué estaba ocurriendo.  Le enseñé los colores y le enseñé la bandera de su país Y se me quedó aquello de que, ella quería tener en su casa una bandera de tres colores.

En el campamento nos exigían mucho trabajo, había mucha disciplina, mucha exigencia y demasiado abuso, pero eso nunca me importó porque yo decía:  yo sé adaptarme a las normas y las reglas. Puedo sobrevivir ¿No? Pues la verdad es que sí. De hecho, me destaqué mucho, yo todo lo que hacía rápido y bien, nos mandaban a ser y yo era. Todavía soy muy competitiva. Pero no me gustaba el abuso de poder ni la metodología que conocí. 

Un día cualquiera me di cuenta de esa forma de tratarnos cuando los tres jefes; el barrigón chiquito con cara de indio, el rubio alto flaco de ojos azules y el líder, un flaco más joven que rehuía a tostarse al sol y que siempre parecía estar haciendo ejercicios y corriendo de un lado a otro como un perro asustado;  sentados alrededor de una pequeña mesa que estaba en la cocina, yo de pie cerca de la puerta y ellos sentados detrás de tasas de café que nosotras casi nunca probamos, me propusieron que me convertirse en una célula activas de ellos, en una informante de las actividades secretas de mis compañeras:  y eso te llevará ganar desde ya un rango. Me dijeron. Y empecé a ver que recibir un rango no te hace líder, porque ese nombramiento no te forma de ninguna manera para serlo y quien se creía que lo estaban formando como un líder se estaba cayendo a mentiras y que todo era teatro, eran ganas de engañar, de manipular. 

Ya empezaba yo a ver que ese movimiento político como algo extraño desde hacía días, semanas y esta conversación me demostró lo podrido que estaba. Que quede claro que fui obediente para evitar los golpes ¿Ok? Que nunca, nunca los apoyé y nunca pudieron manipularme, ni lo acepté, lo hacían para sobrevivir. Tampoco acepté ese rango porque veía mucha injusticia. Y todos sus juegos me parecieron siempre mucha estupidez. Al final de la conversación quisieron aprovechar para motivarme diciendo: debes demostrar al mundo que tú no eres débil, que sirves para esto, y que si ellas (las carceleras) lograron sobrevivir a pesar que le pasaron “cosas” tú y tus compañeras también podrían. Creo que lo hacían, aplicar esa psicología tan barata, para alimentar tu ego más que para mantener la disciplina en el campamento y tanta hipocresía me lleno de rabia. Por supuesto les conteste que podían meterse su rango por debajo de la camisa que yo seguiría “disfrutando” lavar ropa ensangrentada en el rio con mis compañeras.

Sexta parte: el robo

Y sin razón aparente, sin saber cómo, quizás porque se presenta la ocasión y la situación era la correcta, se presenta la condición, se presenta la ocasión. Cuando comenzaba a caer la noche de ese último domingo, no se me ocurrió otra cosa que luego de arriar la bandera, doblarla como corresponde, en forma de triángulo, con el amarillo reluciente hacia afuera, como nos habían enseñado, meterla debajo de mí camisa. Y en un descuido de las carceleras, que tampoco ponían demasiada atención a los honores que se le rinden a los símbolos patrios, levanté dos piedras muy grandes al pie del muro, como del tamaño de niños chiquitos, que ya había visto que estaban sueltas, al fondo, detrás de lo que llamaban ellas el parque de las banderas y allí la escondí la bandera. En mi mente lo único que estaba cierto era ellos no merecen esa bandera y la niña nueva sí. No tenía un plan definido. Nada de eso, Mi intención solo era que la niña de rollitos en el cabello se la llevara para su casa y fuese feliz.

En la mañana se destapó el pandemónium, el desastre, la locura, el castigo, los golpes, los palos, que no fueron demasiados porque como dijo el comandante del campamento, no podían dañar la mercancía los jefes se iban a comer en menos de una semana; que la carne tenía que estar sin magulladuras, que no podían hacernos daño. Nos llamaron a formación y durante toda la mañana preguntaron dónde está la bandera y en la tarde preguntaron quien sabía dónde está la bandera, registraron el campamento, tumbaron el techo de nuestras habitaciones, por la noche trataron de hacernos hablar ofreciendo descanso y comida especial, carne, café, y mientras tanto nosotras paradas en el centro del patio, castigadas y nadie dijo nada, la única que sabía dónde estaba la bandera era yo. Y nos amenazaron de cien formas, nos amenazaron con no darnos comida y cumplieron con su promesa y amenazaron con no dejarnos dormir y cumplieron con su promesa y amenazaron con bañarnos con agua fría en la noche y cumplieron con su promesa, pero la bandera no apareció. No sé si fue porque solo yo sabía dónde estaba o si era porque nadie quería decir que, si me vieron o no, escondiéndola.

En lo personal me causó mucha gracia todo lo que ocurría. En mi mente escuchaba una voz que decía: ¡wow! ¿Quién fue el genio? Ay coño ¿Quién fue el genio que se le ocurrió esa vaina? Genial, quien quiera que fuera les sacó la piedra a todos estos coños. Y eso me pareció muy gracioso. Bueno, al final nunca se supo quien robó la bandera. Hasta hoy.

Al amanecer del segundo día todo había cambiado. Parecía que la promesa de no golpearnos había desaparecido, entendí que todo se ponía más difícil y fue cuando el comandante del campamento junto con sus compañeros y las dos carceleras se enfurecieron de verdad. Nos amenazaron: vamos a fusilarlos uno a uno hasta que aparezca la bandera o se pierda para siempre. Y a una de las carceleras se le hizo extraña esa idea: ¡no podemos simplemente pegarles un tiro en la cabeza! ¡te volviste loco! Y el comandante dijo: ¡sí! ¡y si podemos! lo hemos hecho antes y esta no va a ser la excepción. ¡malditas putas, ¡malditas perras … ¡tiene que aparecer esa bandera! En ella está la vida de todo este campamento, en ella está los adjetivos de esta revolución, las cualidades más puras de este camino, … ¡los atributos de nuestros ideales, el camino de la justicia y la libertad! Tendrán que morir todas ellas, pero debe aparecer la bandera,

Y nos colocaron de espaldas al muro con el fusil viejo e inservible que nos habían asignado bien apretado sobre el pecho. Y sonó el primer disparo. Sin advertencia, sin señales sin apuro, con frialdad. Giramos la cabeza hacia el lugar de donde provenía el estruendo. Y vimos como la primera compañera en la fila cayó. Sonó el siguiente disparo y unas ya lloraban, otras se habían orinado. La más pequeña, la dueña de la bandera, fue la segunda víctima. No tenía sentido para mí seguir ocultándola, pero tampoco tenía sentido entregarla a estas bestias que asesinaban niños en nombre de la justicia y salvarnos era solo esperar la hora de ser violadas, asesinadas y tal vez convertirnos en las mismas bestias que ahora eran nuestros verdugos. Sin saber cómo ni porque el dolor y el miedo desaparecieron. Allí en el muro, decidí que lo mejor era morir. 

Séptima parte: un inicio

Y fue así como en ese momento ya justo al mediodía, con el sol en lo más alto, el campamento de repente se vio cubierto de balas que venían de lo profundo y más oscuro de la selva. Las primeras ráfagas de metralla y piedra hicieron caer a cuatro de mis compañeras, dos de los hombres y una de las carceleras. El comandante del campamento gritó como loco. ¡Vienen por las niñas! ¡mátenlas a todas! Las mujeres y el hombre que aún estaba en pie dispararon contra nosotras que aun estábamos en fila, con los fusiles inservibles en los brazos, sin comprender completamente lo que ocurría. Una segunda ráfaga vino ahora desde la selva a nuestra derecha, esta vez con tanta furia que partes del muro saltaron en pedazos acribillando a mis otras compañeras que seguían de pie y a nuestros verdugos personales que nos fusilaban desde el frente. Un instante de miedo e instinto de conservación me hizo lanzarme al suelo para acurrucarme al pie del muro desde donde vi caer al resto de mis compañeras. No hubo escapatoria. Yo difícilmente pude sobrevivir escondida, apenas cubierta detrás de las mismas piedras que ocultaban a la bandera. La refriega termino tal y como comenzó. Sin previo aviso. Me mantuve agachada dentro de mi miserable refugio como animalito temeroso hasta que los sonidos de la selva se volvieron a escuchar. Nadie llego. Por alguna extraña razón el enemigo no entró, yo lloraba de miedo pensando en lo que vendría. Luego me di cuenta que no vendría nadie, no aun, que desde lo profundo la selva alguien disparo y ahora retrasaría su entrada con la esperanza de hacer que los otros, quienes quieran que fueran, pudrieran ser señalados de responsables de atacar el pequeño campamento en medio de la nada. 

Ese mismo fue el momento donde perdí mi humanidad y con ella la cordura, por una vez y nunca más, fui a lo que quedaba del dormitorio de los cadetes, tomé un machete y caminé impulsada por la rabia hacia donde estaban los cuerpos de mis carceleros y sus mujeres, y con cien tajos torpes arranqué esas cinco cabezas a sus cuerpos y las enterré al otro lado del muro, lejos de su sombra, lejos del campamento, donde nunca las encontraran. Donde nunca las hallaran, fuera del campamento, alejadas de la sombra que daba el muro, las enterré tan profundo que estoy segura que hasta hoy no las han encontrado. Y jamás las encontraran Esos no merecen ser recordados, tampoco alcanzaron algún honoro ascender a algún rango como me ofrecieron a mí. Deseo que sus almas se pierdan en el purgatorio eterno que es la selva y que sus almas vaguen eternamente entre los más oscuros espantos del monte, eternamente atormentados, porque esos no tienen perdón de ningún dios.

Después arreglé los cuerpos de mis compañeras, no podía soportar verlas así, acribilladas, rotas otra vez, mutiladas nuevamente. Las arrastré, las empuje, llore, grite hasta quedar ronca y sorda Lloré con el mismo sentimiento de rabia con el que le arranqué la cabeza a esos cinco animales, a esas cinco bestias, lo mismo que haría con todos sus compañeros si los llegara a encontrar. A mis compañeras las volví alienar con los pies cerca del muro, recogí cada una de sus partes extraviadas, lavé sus caras, recogí sus cabellos extraviados. Dejé sus parpados abiertos con pedacitos de rama, como mi mama me dijo que se hace con los angelitos al morir y coloqué sus caras mirando el cielo celeste y blanco de la selva que ya empezaba a hacerse negro. 

Y ya comenzando a caminar prendí fuego a las chozas para que los animales no molestaran sus cuerpos, hasta que llegaran los que deberían llegar, porque seguro lo harían en la mañana y así lo hicieron. Ya desde el rio donde antes lavamos ropa, nos báñanos y jugamos como las niñas que pudimos ser vi el fuego que señalaba al mundo el lugar donde estaban los cuerpos de mis compañeras. Desde ese punto comencé a huir hacia mi destino y con la fuerza que da el miedo corrí tanto como pude, sin importar el dolor o la oscuridad, después camine hasta que los pies me sangraron y entonces seguí hasta que los hombres fueron diferentes, los ríos más pequeños y las personas hablaban diferente, fue entonces que camine, no sin miedo, ya solo era cuestión de alejarme lo más posible, y no deje de hacerlo por largo tiempo. Hasta que comencé a vivir.

Epilogo 

En esos meses en el campamento pude constatar que lo improbable no lo es; una niña sola puede ser invisible, desaparecer a los ojos de los adultos cuando estos no la quieren ver. Por eso digo a quien me quiera escuchar, odio ese muro, el muro de las niñas que nada defendieron, ni siquiera sus vidas, nada; que fueron fusiladas por sus propios “amigos” y por la espalda masacradas por quienes juraron defenderlas; pues en ambos lados, todos fueron los asesinos. En ese muro está la verdad y es la bandera, que es la patria, que fue robada para que una niña tuviera una.

---------------------------------------------------------------------------------------------------------------


Comentarios