Markus

  Markus

Tengo pocos amigos y no suelo hablarles ni ellos a mí, menos aún compartimos por tonterías o chismes, por eso se bien que cuando uno de ellos me llama es por una buena razón, Es para trabajo, solo me llaman por un asunto muy bueno o algo muy malo. Esta ocasión no fue diferente. Al otro lado del teléfono estaba una de mis mejores amigas.

- Paso algo muy malo. Ven por favor.

Soy un abogado especialista en situaciones de secuestro y ellas suelen terminar de formas predecibles; algunas terminan muy mal y en otras terminan de modos que siempre se puede decir que es un final feliz. En otras muy escasas, terminan en empate y esas son de las peores. Es la conclusión a la que llego tras tantos años de ejercer el derecho como abogado mediador en asuntos de secuestros.

Esa última palabra, secuestro, me ha dado mucho dinero, también traición y mentira, ella es un parasito que me extrae la vida y la energía, y aun así me dan la oportunidad de ganar algo de dinero extra. La ciudad piensa que soy un agente más de las leyes, pero la barra de abogados de la localidad, y una minúscula parte del país, saben que me gano la vida negociando rescates. Si, rescates. Eso significa que arriesgo mi vida e integridad para que otros regresen a su casa en el mejor de los casos, vivos. ¿Enteros? En algunas ocasiones no es posible.

Cuando mi amiga me llamo su voz revelaba una angustia y desesperación que se hace muy evidente cuanto más la persona trata de ocultarla y todo se pone cristalino como el agua cuando veo a la persona que me hablo. Cuando llegué a casa de mi amiga el panorama era desolador. No era la mujer alegre, positiva y animosa que siempre me espera con una taza de buen café sin azúcar para conversar en su sala, una estancia acogedora amueblada con libertad y colores crema, adornada con aquel hermoso cuadro de la misma montaña que se divisa desde la mitad de las ventanas de la casa. Estaba despeinada, mal vestida y yo inicialmente no entendía como eso podía ser posible. Una mujer que en los momentos más duros de la vida se mantuvo conspicua y sin tacha ahora se le veía devastada y temerosa. Sin esperanzas de recibir el acostumbrado café le pregunte sin saludar.

- ¿Qué ocurrió?

Sin decir nada me estrecho entre sus brazos con una fuerza y ansiedad que nunca mostro en alguno de nuestros encuentros. Me deje hacer sin saber que decir. Quede en una pieza. Mi cabeza daba vueltas con preguntas como ¿por qué me llamó a mí?  ¿qué pasaba? luego de prolongar el abrazo hasta más allá de lo incomodo y llorar mucho sobre mi traje preferido, mi amiga tampoco pudo decir lo que ocurría. Pensé en cien situaciones posibles. En estos tiempos tan duros, en estos barrios tan difíciles, ella una mujer sola que tiene el atrevimiento de solo hacerse acompañar por su gato amarillo atigrado, el más común de los felinos, el que siempre le seguía a todas partes, que no le brindaba ningún tipo de seguridad o protección como lo podría hacer un perro, y solo servía para subir a sus piernas en busca de caricias, comer y nada más. Esa era su relación. El pedía caricias y ella se las prodigaba sin límites. Por fin mi amiga hablo entre sollozos.

- Se robaron a Markus.

A decir verdad, Markus ni siquiera era un gato que me desagradara, era mucho más que solo eso, a la mayoría de los gatos los detesto y sin más los ignoro, también ellos a mí. En el caso de Markus simplemente le maldecía y no podía ignorar su presencia, deseaba la desaparición de esos cuatro kilos y medio de gato engreído; de carácter rebelde, superioridad innata, desfachatez total, salvajismo natural, fuente inagotable de pelos, mal aliento cotidiano y odio visceral por todo lo que no fuera él o mi amiga; que se paseaban sobre sus cuatro patas por toda la casa pisando todo lo sagrado y lo profano por igual con aires de dueño, amo y señor. Quizás podría ser algo peor lo que sentía hacia ese animal, pero en el idioma español no existen las palabras para describir esa emoción con suficiente claridad. Y creo que en el fondo de su alma peluda y carente de humanidad el muy maldito sentía lo mismo hacia mí. En sus mejores días él también me odiaba, en los peores lo hacía con más ahínco, pero en su forma muy interesante y particular.

Markus carecía de una lista detallada de hechos, base lógica o de malos recuerdos para odiarme; nunca le hice mal alguno o gesto de desagrado, todo el mal que para él deseaba se desarrolló siempre en mi imaginación y de allí nunca salió, de hecho, el día que se escapó de la clínica veterinaria de alta seguridad en donde lo castraron yo estaba acompañando a mi amiga y colabore preguntando a una vendedora de bebidas calientes si lo habían visto pasar, mientras me tomaba un café. Por esa razón es que me encuentro seguro que su desprecio hacia mí era puro y genuino, carente de rencores, de deseos de venganza o revancha. De hecho, la fuente de su amor inagotable, mi amiga, su esclava, no tiene para mi ningún interés sentimental, para mi había sido siempre mi amiga y compañera de debates sobre temas sociales, políticos y de economía nacional, con la que no me unía nada más que una inquebrantable amistad puesta a prueba de fuego y metralla por años, por lo que nunca existió alguna razón de competencia entre ambos.

Desde el primer día ese gato fue toda una bolsa de trucos geniales, personalidad clara, legítima, verdadera e interesante, según lo contaba mi amiga. El inicio de su vida fue algo lleno de misterio; nunca se pudo conocer quienes fueron sus padres o donde nació; apareció un día cualquiera en la puerta de la casa de mi amiga y nadie le hizo caso, todos lo ignoraron, entonces se metió solito aprovechando un descuido de sus habitantes, saltó la verja y se atrinchero en el jardín y allí estuvo aguantando el frío y hambre toda una noche, maullando hasta que mi amiga se compadeció y lo recogió. Era una bola de pelos, garrapatas y hueso. Y así fue creciendo hasta convertirse en el gato que capturó todo mi odio y lo multiplico por diez antes de devolvérmelo. Ese gato endemoniado que no le hacía caso a nadie, que dormía en donde quiera y sobre cualquiera que iba de visita donde mi amiga, excepto en mis piernas, pero que tenía el atrevimiento de comer las galletas que dejaba colgar con distracción en mi mano mientras estaba tomando café con mi amiga. La ruptura ocurrió el día que el maligno gato se atrevió a probar mi café. Su adorada esclava mostro un genuino gesto de asombro, pues según ella nunca había tenido jamás un gesto de tanta solidaridad con algún ser humano, tanto amor, de tanta cercanía con alguien como compartir el café; para ella fue algo maravilloso. Dentro de mi algo se rompió, no asesine al perverso gato en ese momento porque me iba a manchar con sangre mi hermoso traje y no le di de patadas porque mi amistad es más importante que esa bolsa de pelo a quien deseaba enviar hasta la luna. Ese día, mientras pensaba en dar por terminada mi amistad con la anfitriona arroje el resto del café aun tibio a las plantas del jardín con el mejor gesto de desagrado y desprecio mientras la cautiva de los deseos del engendro felino le abrazaba y besaba con amor excesivo mientras se excusaba entre risas y lágrimas de felicidad.

Ahora mi amiga no paraba de llorar, su cachorrito de dos años y medio de edad había desaparecido sin dejar rastro alguno. El gato solía escapar como lo hacen otros de su linaje, sobrepasando rejas y ventanas cerradas, para regresar al día siguiente con algún regalo para su esclava, un pajarito sin cabeza o una lagartija destripada, lo usual. En esta ocasión todo cambio, el animal paso tres días sin reportarse y hacer sus desgracias cuando mi amiga ya preocupada comenzó a preguntar por los alrededores y resulto que ningún vecino lo había visto. Con la timidez que la caracteriza la ama y esclava público en las paredes y comercios de la comunidad un cartel con la imagen del bicho de cuatro patas y su teléfono, además de una súplica por la información, rematado con un gracias que no llenarían el corazón de nadie en la zona.

Me conto que la tarde de ese mismo día la llamaron y una voz con acento y expresiones de los bajos fondos le hablo de una recompensa de cincuenta dólares por la devolución del minino. Me cuenta que le pregunto al criminal como podía saber si era su gato que él tenía era el suyo a lo que el individuo le hizo escuchar unos maullidos que mi amiga reconoció como el de su gato. En este momento hice un gran esfuerzo por no reírme. Mi amiga acababa de contar que ella pidió una prueba de vida de su gato y el malhechor dejo que el gato hablara por teléfono, y más aún, que el gato rogo por su vida y ella reconoció su voz. Fin de mundo.

De los cincuenta dólares por el rescate la dueña solo podía pagar diez sin quedarse a pasar hambre unos días, Yo podría dar el resto para que mi amiga dejara de sufrir, pero pensar que el demonio rayado estaba pasándolo mal me hizo sonreír para mis adentros y retroceder en mi intención. Quizás un poco de realidad y menos mimos ayudaría a que este animal entendiera que debía cuidar mejor de mi amiga. Ella le dio un hogar bueno y bendecido por las maravillas de la vida, cuando el invadió su casa trajo el caos y destrucción mientras ella lo cuido; cuando el apenas era un bebecito y ni siquiera podía este chupar bien ella le dio calor hasta después que creció y ahora ese malagradecido le hablo por teléfono solo para rogar por su vida. En verdad que, si existe justicia en el mundo y me alegro lo que le ocurrió, pero lo malo es que ese desconocido que le llamo desde un numero de alquiler en la calle para decirle que tenía al gato; a su querido gato, el gato que todos en el barrio conocían, el gato que la acompañaba a todas partes, el gato que ella llevaba al veterinario, el gato que llevaba de compras; el gato desaparecido y eso me dolía muchísimo.

Mi amiga es mujer muy humilde, con el orgullo de una reina que prefiere pasar escases antes que aceptar la ayuda de cualquier tipo, aun sea de mí. Ella es la mujer para quien diez dólares son una forma de vivir, pero estaba desesperada, recurrió a mí sin pensar en lo absurdo que eso era, absurdo, pero por su compañero de cama hizo lo imposible. En el país estas cosas pasan con demasiada frecuencia y me pidió formalmente que le ayudara a recuperar a su gato. En algún momento pensé en reírme, soy abogado que negocia rescate de personas secuestradas, personas, y los cincuenta dólares de ese gato no me alcanzan ni para ni para la gasolina del automóvil.

Es curioso cómo los animales pueden crear tanto revuelo y angustia en un corazón noble como el de mi amiga. Parece que ese gato sabía exactamente cómo ponerte de los nervios de punta y a la vez amasar para amansar esa alma bella y pura; yo lo odiaba con todo mi corazón; pero por mi amiga haría lo imposible. Le dije que sí, que le ayudaría y que de mis honorarios no fuesen preocupación, que al regresar al gato yo querría una piel de gato naranja para forrar el volante de mi automóvil o una cartera de piel de gato como pago. Ella con nerviosismo y lagrimas en los ojos sonrió y acepto. 

Para mí, como abogado de secuestro, un rescate de cincuenta dólares parece ridículo, tal vez irónico; esa cantidad no es nada en comparación con los casos que suelo manejar; pero para mi amiga es una suma importante, así que para mí lo que estaba en juego era su felicidad. A pesar de lo ridículo de la situación en general, el "secuestro" de un gato por el que solo siento un dulce desprecio lo asumí como un asunto muy importante, nada lo es más que como ayudar a mi amiga en lo que se pueda. Organice mi estrategia para este caso, quizás podría acompañarla para coordinar la entrega, asegurarme que todo sea seguro y que no la engañen.

Antes de irme le dije que iba íbamos a mantener una estrecha comunicación, que yo iba a estar con ella cuando llamaran los secuestradores, que iba a estar con ella cuando todo ocurriera. Y durante los siguientes tres días estuve pendiente, conecté mi teléfono al de ella, de manera que cuando su teléfono recibía una llamada el mío también la recibía y le di prioridad a su caso como nunca lo había hecho. Incluso llegue a dormir pasadas las dos de la mañana esperando alguna novedad. Mi amiga merece mí mayor y mejor atención.

En uno de esos días de espera fue ella quien me llamo para decirme

- ¡¡Qué buen amigo eres! Esto significa mucho para mí, especialmente en un momento tan angustioso como este, darle prioridad a un caso así, aunque no sea un "caso grande" en términos profesionales, demuestra lo mucho que valoras nuestra amistad.

Fueron palabras bien medidas y de seguro muy pensadas, pero eso no importa. Mi amiga es importante para mí y aprecio el valor de su café y su amistad. Mientras tanto el tiempo trascurría sin pausa y como en todos mis asuntos no dejaba de pensar que cada minuto sin negociación solo es una disminución de la probabilidad de supervivencia del cautivo. Conectar los teléfonos fue una buena idea para estar alerta en cualquier momento. Así podría ayudar a que todo se desarrollara de la manera más segura posible, incluso con una suma de tan solo cincuenta dólares es importante evitar cualquier riesgo o estafa. Mi experiencia en estos asuntos era nuestro único seguro.

Al sexto día de la desaparición del gato recibí la llamada, era muy tarde en la noche. Normalmente apago mi teléfono y me desconecto del mundo después de las cuatro de la tarde, pero era mi amiga la que estaba sufriendo por la ausencia del mugriento gato. Yo sabía que ella estaba a la escucha por lo que trate de sonar lo más profesional posible. El hombre me insistió en que el pago eran cincuenta dólares y que la vida del animal estaba en riesgo. Le dije que mi amiga no tenía ese dinero y que después tenía que pagarme a mí. Que pensara en que solo era un gato sin méritos ni estirpe y hasta una molestia, que no valía ni la comida que se estaba comiendo. El malhechor estuvo de acuerdo en que era una molestia y que deshacerse de “eso” sería un alivio. Que el pago del abogado no era su problema y no era su problema. Le dije que debería entender que por lo menos nos diera un par de días para reunir el dinero y que quería escuchar de nuevo al gato al teléfono. Eso ultimo lo enfadó mucho y comenzó a gritar y vocifero:

- ¡Solo es un gato, …solo es un maldito gato que me tiene harto!

Después de unas pocas vueltas en la conversación el hombre dijo que mañana tendríamos noticias de él y del felino. Mi amiga no me llamo, no dijo nada, supongo que esperaba algo de lo que ocurrió. Al día siguiente temprano en la mañana me llamo para informarme que hacía unos pocos momentos salió a barrer en el frente de su casa y se encontró una bolsa plástica de color verde, la abrió y adentro encontró una clase de anatomía gatuna, cabeza, tronco y extremidades de gato amarillo atigrado. Luego no pudo decir nada más.

Entendí que en ese momento mi lugar era con mi amiga a quien había fallado, deje todo cuanto está haciendo y que estaba pendiente y corrí hasta su casa y mientras el camino trascurría pensaba en todo lo que hice y dije. No pude negociar con éxito un rescate de cincuenta dólares con un mal viviente de baja calaña. Me sentí mal por mí y por ella. Por el gato no. Pensé que ese maldito encontró lo que buscaba, un loco quizás consumidor de drogas que le dio su merecido, el muy hijo de su madre gata recibió su justo final a mi parecer y bien servido debió estar que el desquiciado rabioso que lo secuestro no se lo comió. Eso me hubiera hecho feliz, aunque nunca podría decirlo ni celebrarlo.

Cuando llegué a casa de mi amiga la situación era sumamente angustiante y perturbadora, en mi amiga encontré lo natural en estos desenlaces, una mezcla de miedo, culpa y desesperación. Tanta crueldad en contra de un animal, sin importar su pasado, sus pecados y su mala actitud era potencialmente un crimen en la mayoría de los países del mundo y es penada por la ley.

De inmediato entre en contacto con unos amigos en la fiscalía que sin pérdida de tiempo enviaron a los especialistas en criminología, quienes levantaron un juego de huellas dactilares que estaban impresas en la bolsa verde. por amistad enviaron copia de las huellas encontradas a otro amigo especialista en su clasificación e identificación. Justo cuando el cuerpo del gato envuelto en su colcha favorita descendía al hueco en el jardín bajo la mirada de mi amiga, tres niños del vecindario y los míos, llego a mi teléfono un discreto mensaje en donde estaba la identidad del criminal. Ya sabía que el asunto no pasaría a mayores por el camino de la ley y los tribunales y por eso decidí ir a por mi cuenta de aquí en adelante.

Considere los siguientes pasos a dar. Era posible que la seguridad de mi amiga y la mía estuvieran en riesgo, al parecer ese asesino de gatos era alguien violento y sin control que podía convertirse en un problema a mediano plazo. Luego era absolutamente fundamental el denunciar esta situación a las autoridades y eso ya estaba hecho, no solo por la extorsión y la crueldad hacia el animal, sino también por la seguridad de mi amiga y la mía. Lo otro era el apoyo psicológico para ella, era una experiencia traumática, la desaparición, la angustia y luego el cuerpo en la bolsa, ella necesitaba apoyo psicológico para procesar el dolor, el miedo y la culpa, eso también estaba bajo control, un profesional de mi confianza llegaría antes que yo saliera del jardín donde reposaría el cuerpo del gato amarillo, la ayudaría a manejar esas emociones y a encontrar mecanismos de afrontamiento saludables.

Sin importar cuanto hiciera no podía dejar de sentirme mal, cualquier arreglo posterior no podría ocultar que mis acciones iniciales, mis palabras pudieron desencadenar esta situación, era de alguna forma el responsable de los actos violentos, mientras el criminal solo fue la mano que los ejecuto. Esa noche no pude dormir ni un solo minuto, hice mal mi trabajo y algo debía hacer para compensar las consecuencias de mis errores.

Ver a mi amiga así de triste, muy diferente a quien ella es por causa de lo que ha ocurrido era algo realmente doloroso, especialmente siendo una persona tan alegre y de vida sencilla como la he conocido desde siempre. Fui a su casa pasados dos días del entierro del gato y trate de ser amable y cariñoso con ella, de tener paciencia con su estado de animo y a pesar de estar horas sentado a su lado no conseguí sacarla de su tristeza. Mas al contrario fue ella quien entre lágrimas y sollozos me dio consuelo al pedirme que no me sintiera triste ni mal, que hice todo lo necesario y que ella no me juzgaba, que entendía que fue el ignoto criminal quien causo mal al pobrecito gato y que por ello debería pagar en justicia.

Al día siguiente regresé y mi amiga permanecía en el mismo estado, tan desconsolada y tan triste que temí por su salud. Lloraba todo el día y por todos los rincones de su casa. Decidí no regresar pronto por temor a contagiarme con tanta tristeza. En vista de tal panorama y mal aconsejado por mi propio estado de ánimo tome una de las peores decisiones de mi vida. Llamé a unos viejos clientes, unos hombres que andaban en el ambiente del mal y para los que un abogado trabaja, no por dinero, pero si recibiendo como apoyos muchos más valiosos y les pedí, en pago de unos trabajos hechos en tiempos pasados, el favor de que localizaran al asesino del gato. 

Les di el número telefónico desde donde me llamaron, las señas que tenía y les pedí venganza. Solo se rieron. No hicieron preguntas ni prometieron acciones. Pasados dos días me enviaron dentro de una bolsa verde un juego de uñas humanas aun destilando sangre, la que simplemente tire a la basura mientras juraba que hasta allí llegaba el cuento del gato para mí.

Esa fue una terrible situación. Actúe impulsado por el deseo de ayudar a mi amiga y evitar que se enfermara, quería alejar su tristeza y acercarla a su antigua vida, pero tomar ese camino con personas del "ambiente del mal" fue realmente peligroso, estuvo y estará mal desde cualquier punto de vista. Lo que hice causo un daño irreparable a otro ser humano. En contraste pensé que el felino fue justamente vengado, y aunque ver sufrir a alguien que queremos es muy difícil, la solución nunca pasa por buscar venganza. Además, la violencia solo genera más violencia, y jamás extinguirá el dolor que mi amiga sintió.

Esa misma tarde fui a su casa y al verme tan triste entendió lo que había hecho. Por primera vez en todos estos días comenzó a hacer café y a cocinar. Ella como profesional de asuntos de la mente entendió de inmediato que el peso sobre mis hombros era mayor que el de un gato enterrado en su jardín y por eso trato de ayudarme. Sus palabras de aliento fueron contundentes:

- Ahora es importante que tomes medidas responsables. Debes hablar con la policía y contarles todo lo que pasó. No solo es lo correcto, sino que también puede ayudar a evitar que sucedan cosas peores.

No dije nada. Solo di un sorbo a mi café, servido esta vez en la cocina y no en la sala; la escuche hablar sobre lo que me quería decir sobre el luto por el gato muerto, ese gato que tanto he odiado, que llegado al punto culminante de su vida sirvió para profundizar la amistad con esa mujer a la que ahora abrazaba y con quien lloraba. No por el gato, porque a ese simplemente lo odiaba. Odiaba que comiera mi comida, odiaba que se me recostara, odiaba que me llenara el traje con pelo. Pero mi amiga estaba rota de espíritu y yo también. 

Luego de unos minutos mi amiga me dijo que me quedara a almorzar y comenzó a preparar un pescado conservado en salazón, muy oloroso, penetrante y sinceramente desagradable, propio de la zona oriental del país. Lo estaba preparando, cortándolo en pequeños trozos cuando decidí que era hora de irme. Ese olor me recordó el desagradable aliento del fallecido felino y no soporte seguir allí. Y ocurrió que cuando ya le estaba dando un nuevo abrazo de despedida puede ver por encima de su hombro como un gato amarillo y atigrado, pulgoso y cubierto de heridas no sanadas bebía café de mi taza.

No lo espanté, no lo insulté, no lo empujé, no dije nada, ni una sola palabra. La alegría inundo toda la casa al igual que el corazón de mi amiga quien no interrumpí cuando abrazaba y besaba a Markus quien como de costumbre olía mal, momento que aproveché para escapar sin ser visto y no dañar la escena con mis ganas de asesinar al endemoniado gato. 

Ahora que el maligno talego de pelos ha regresado, suelo pensar mucho en como su desaparición y misterioso regreso cambio la vida de mi amiga y, quizás, incluso en la mia. Ahora, cuando desaparece por unos días ya no me preocupo, el siempre estará bien sin importar lo que pase.



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