El cráneo del Libertador
Desde mi lugar de trabajo en la Biblioteca Nacional sigo cumpliendo la
orden de vigilar el descanso de mi hermano. Solo soy un funcionario más
que cumple con su deber, un hombre cualquiera con la extraña costumbre de
asomarse por las ventanas que dan al Panteón Nacional, que son muchas, y
que desde el este y el sur lo guardan. Son vistas para inspirarse, para pensar,
para llorar, pero siempre viendo el Panteón o más bien a su más ilustre
ocupante.
Mi costumbre tuvo su día más largo el 17 de julio, fueron más de 48 horas de
expectación. Casi ni fui a comer, ¿para qué? Mis ojos se alimentaban de lo
que veían y mis angustias colmaban el estómago. Trabajaron 19 horas para
comenzar a descubrir lo que mi padre ya me había contado. Que los restos de
Simón Bolívar reposaban allí desde el 28 de octubre de 1876. En verdad que
me hace gracia que fue un médico español quien coordino toda la operación.
Que le abría preguntado el Libertador: ¿Quién ocupa los reales espacios y las
fortalezas de La Alhambra? ¿Y el palacio de los Nazaríes?
Contaba mi padre que siendo muy niño en las rodillas de su abuelo escucha
historias de un hombre inmortal, que por un pecado cometido con una mujer
casada vivía pegado a la silla del caballo recorriendo la inmensidad del
mundo rodeado de guerreros a quienes nadie temía y a quienes todos amaban
porque con ellos llegaba algo que nadie conocía pero que todos disfrutaron,
era la libertad.
Cuando sus restos llegaron a la Guaira en la goleta de Guerra
“Constitución”, el abuelito, que en esos tiempos aún era un hombre fuerte
viajo en la parte de atrás de un camión durante más de dos horas para llegar a
ver el buque atracar y luego camino casi todo el día detrás del féretro que era
escoltado por militares hasta que llego a Caracas. Hizo este recorrido solo
para asegurarse que el ataúd de madera que recubría la mortaja de plomo
estaba tal y como años antes su padre le había contado que eran. Su padre
había sido uno de los capataces en el cementerio de Santa Marta y recordaba
las cosas tal como ocurrieron el día del entierro porque él ayudo a bajar el
cuerpo. Eso fue fácil. Al final casi nadie quería estar cerca del Libertador, y
las manos de un negro nacido en San Mateo, sin importar que fueran viejas,
fueron buenas.
Desde entonces se quedó en Colombia a velar el cuerpo de su paisano y allí
quedo enterrado. Fue él quien convenció al abuelo a regresar a Venezuela,
porque algún día el Libertador regresaría a su amada Caracas. Y el viejo fue
bendecido con la razón. Quizás por instinto, quizás porque lo oyó hablar o
porque escucho el contenido del testamento. El nunca aprendió a leer.
Fue en esa ocasión en que la familia vio por primera vez los restos. En
noviembre del 1842. Contaba el abuelito que desde su llegada a Caracas se
mantuvo tan cerca del cuerpo como se lo permitieron, y su esfuerzo rindió
frutos. Un día, el de la segunda inspección, alguien de la guardia le vio cerca
y sabiendo que era un negro obediente y tranquilo, que se la pasaba en los
alrededores lo llamo:
Negro, anda a la botica de la catedral y le dices al boticario que le mande al
doctor Vargas sal de roca. - Y que lo ponga en la cuenta del gobierno.
Ganada la confianza fue contratado para limpiar y así pudo ver como el
cuerpo era armado con hilos de plata y plomo. Así también se enteró de la
primera desgracia en la familia. Al cuerpo le faltaban huesos de las manos y
los pies, y una muela del juicio. Los ojos del abuelo derramaban lágrimas
como las de su padre la noche que se enteró del ultraje. El cuerpo había sido
profanado y nada pudo hacer para evitarlo. Esa noche cuentan que lloro sin
descanso, con un llanto solo interrumpido para maldecir al ladrón. Los
doctores Jiménez y Alvarado hicieron su mejor trabajo en la reconstrucción
del esqueleto del Libertador que el abuelito decía que había quedado bien
bonito, blanco, brillante con su barniz y sus hilos de plata. Sus lágrimas
fueron compensadas con el trabajo de colocar la urna de plomo dentro de la
de madera, eso le permitió ver y grabar cada detalle en su memoria y que
luego me trasmitiría.
El hermano Bolívar, como a veces le llamaba, fue llevado a la Catedral junto
con el resto de su familia, y el abuelo lo veía todos los días. Se hizo
limpiador fiel de la iglesia para asegurarse la entrada, incluso los días santos.
Cuando se comentó en la ciudad que un escultor de apellido Tenerani estaba
buscando gente para hacer un panteón para los héroes de la Patria el abuelo
se dijo: “esto es mi oportunidad”. El 28 de octubre de 1876, día de San
Simón, el abuelo se pudo pasear por todo el lugar y ver los actos desde un
lugar especial. Ese día era quien recogía el excremento que los caballos
depositaran al paso de las personalidades. Fue él quien la aseguro que la gran
pomposidad que le gustaba a Antonio Guzmán Blanco estuviese libre de
popo de yeguas.
Me conto mi padre que cuando tenía 20 años ocurrió que se descubrió que
las maderas del techo del Panteón estaban tan apolilladas, que amenazaba
con desplomarse sobre el sarcófago. Se decidió que lo más seguro era sacar
los restos de Bolívar a lugar seguro mientras se hacia el cambio. El ingeniero
Edgard Pardo, encargado de la reparación coordino con solemnidad los
sencillos sucesos. Y como el mismo escribió años después: "Sin que nadie
pronunciara una palabra, en el más absoluto silencio, se llevó la urna en
hombros a un cuarto de al lado, y se dispusieron dos barriles de cemento con
un entablado, y allí se colocó al Libertador". Y así estuvo la urna durante el
tiempo que duro el trabajo en el techo. Papá llego esa tarde lleno de orgullo,
por fin alguien de la familia había estado otra vez bien cerca de los restos del
hermano, él había tenido la suerte de llevarlo en hombros como una vez lo
hizo su abuelo el día del entierro en San Marta. De ese día recordó mi papa
siempre tres cosas: los detalles de las urnas que su propio padre había
ayudado a armar, el plomo de la urna asentado sobre el cuerpo, como una
manta que cubre un cuerpo friolento y la herida que se causó en la mano al
colocarlo en el entablado. Jamás se quejó de la herida que tardo en sanar.
Decía mamá que fue por el frio de la urna. A él nunca le importo el dolor de
ese día.
El abuelo murió diecisiete años después en una larga agonía, en enero de
1947, en los días que hacían la restauración en la cripta familiar de los
Bolívar. Según se dijo la causa de su muerte fueron los palos que le
propinaron unos desconocidos. Solo a unos pocos nos contó la verdad. En la
noche del suceso escucho al pasar por Catedral unos ruidos que provenían
del interior de la iglesia, al acercarse observo que la puerta estaba sin
asegurar. Entro. Sabiendo que ya habían ocurrido cosas malas y feas, del
diablo decía, que tenían que ver gente muerta, entro para proteger a la
familia del hermano. Ya el sabía quiénes eran. Ya los había visto proceder.
Eran unos aprovechadores que se hacían pasar por santeros e historiadores,
que vendían a los incautos políticos, militares y aspirantes al gobierno
reliquias que decían eran de la familia Bolívar. Y en esta ocasión hicieron
gala de estupidez; llevaron a las víctimas a la capilla para que pudiera ver de
primera mano que los objetos era retirados de las tumbas, y resultaba ser que
los restos, supuestamente auténticos, los habían extraídos de otro lugar y
habían sido previamente escondidos allí. El botín eran dos muelas de
caballo, varios huesos de perro y otros de gallina, y otros humanos; de
seguro robados en un cementerio. Incluso había una base de cráneo con el
corte de sierra para simular una autopsia, y ese sería falsamente el cráneo del
Libertador que era el único de la familia a quien le habían practicado una
autopsia. Pero el corte era tan torpe que hasta él, ya viejo pudo reconocer que
no era. Cuenta que todo ese teatro le pareció tan gracioso que se dedicó a
observar cada detalle de la obra montada por los bribones. Y esa fue su
perdición. Al salir de un escondite donde se encontraba con un ¡aja! que
despertó al cura, posible cómplice, y que logro además del esperado grito de
susto, el desmayar a una de las mujeres, la cagueta en los pantalones a un
militar y la estampida de los demás, causo también la ira de los falsos,
quienes le dieron de palos para ocultar o acallar a su único testigo. Testigo
no solo del fraude sino de las apetencias locas y diabólicas de aquellos
personajes tan ilustres que el abuelo nunca menciono sus nombres y se los
llevo a la tumba. Casi muerto se arrastró fuera de la Catedral porque sabía
que no existe justificación que un negro albañil se encontrara dentro de la
iglesia a esas horas. Sus últimos días estuvieron llenos por el escándalo del
hallazgo de los restos esparcidos de la malograda obra teatral de terror. Y
nosotros que sabíamos la historia y que habíamos jurado guardarla, no nos
preocupamos cuando la denuncia se acalló con una negativa por parte de la
Junta de Gobierno de permitir que se abriera el féretro del Panteón
Nacional.

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