Las ovejas y el lobo capitalista

 Las ovejas y el lobo capitalista

Érase una vez un lobo que por alguna aun no reconocida, de esas cosas que solo suelen ocurrir en los cuentos, cambio su forma natural de ser y decidió ir y actuar más allá de su primitiva forma de pensar consistente en cazar cuando tenía hambre y luego comer hasta hartarse. Este lobo después de muchas noches de meditar frente a la luna encontró que lo más conveniente para era dejar de robar ovejas limitado a sus propias necesidades y comenzar a atraparlas para luego acumularlas en su cubil, una cueva muy, muy grande y confortable la que , como en todos los cuentos contaba con suficiente agua para que las muchas ovejas pudieran vivir sin problemas durante un corto tiempo y con suficiente luz del sol para que unas pocas briznas de pasto pudieran crecer en su interior cerca de la entrada. También reflexionó sobre la forma de retenerlas dentro de la cueva sin tener que vigilarlas constantemente y se percató que las ovejas son muy estúpidas como para trepar hasta la reducida salida que estaba en lo alto de la cueva, que les alumbraba como un redondo sol desde donde se filtraba la única fuente de luz y aire, era pues aquel redondo disco dorado su única fuente de vida e insuperable vía de escape. 


Terminadas sus reflexiones que; en el caso de un lobo de cuentos, era el único preparativo que haría; se dedicó a recolectar a tantas ovejas como pudo en el poco tiempo que restaba hasta el invierno. A las ovejas en del campo les parecía extraño que un lobo las atrapara, no las asesinara y más aún les causó extrañeza que se las llevara para arrojarlas dentro de un hoyo que resulto ser la vivienda del lobo. Por estas circunstancias las ovejas que quedaban en el campo, las que al principio huyeron, luego dejaron de tener miedo o de huir hasta llegar a un estado en donde se dejaron atrapar por el lobo, pues concluyeron, en su ignorancia de ovejas, que esa era la forma normal de vivir, que la forma en que habían vivido en nada cambiaba, que era el mismo destino que les tenía reservado el ser humano.

Con el pasar de los días el lobo reunió más y más ovejas. Mientras tanto los seres humanos al no encontrar una explicación esa súbita y sin sentido desaparición comenzaron a especular que las ovejas huían, que el dios de las ovejas se las llevaba o que simplemente desaparecían sin mayor la menor razón, solo porque sí. Todo lo que ocurría en el campo les tenía sin demasiado cuidado pues no eran demasiadas las ovejas que desaparecían y tampoco había rastros o señales que fueran comidas por algún animal salvaje, lo que sería preocupante; porque además de los lobos que siempre se comían a las ovejas enfermas o excesivamente tontas; en esa comarca no se tenía conocimiento de algún animal que se revelara como un problema o amenaza para los seres humanos. Tampoco les preocupaba demasiado las desapariciones porque en general eran las más ancianas, estúpidas y enfermas las que desaparecían; lo que en realidad no era algo que lamentar.

Así pues, el lobo continúo robando sin preocupaciones para nadie, ni siquiera para él mismo. En algún momento mientras veía su cubil lleno de ovejas llego a pensar que lo cierto era que no hacía mal a nadie, pues la ovejas no se quejaban, y hasta contentas estaban algunas de no tener que pastar por campos cruzados por el viento frio, tampoco los humanos se quejaban de  la desaparición de las más estúpidas de sus animales y menos aún hubo queja de los otros lobos que vieron desaparecer la necesidad de corretear por los campos para cazar ovejas y aun mas correr cuando el perro guardián de los humanos los encontraba en sus campos cazando o comiendo. Estando sanos, viejos o enfermos los otros lobos solo tenían que ir a la cueva del lobo que acumulaba las ovejas y pedir la que mejor se ajustara a sus necesidades del momento. 

A todas vista este arreglo de la vida resultaba perfecto, el lobo de nuestro cuento era ahora el benefactor de todos en la comarca y mientras tanto miraba como su capital de ovejas crecía sin cesar. El cuento podría terminar hasta ca pues la felicidad de todos es buen final para toda historia. Aun así, la historia continua.

El lobo no tenía la menor idea de para que lo hacía, incluso llego a convencerse que las nuevas relaciones forjadas eran importante para el equilibrio de la sociedad de ese lugar, de gran beneficio para los humanos, el progreso para los lobos y el legítimo acto para el mantenimiento de la paz en la comarca; a final de cuentas el lobo se había convertido en el gran benefactor de los lobos de la comarca que ahora tenían una fuente segura de comida durante el invierno y por otra parte los humanos no se tenían que preocupar porque los lobos atacaran sus rebaños y les arrebataran las más gordas y sanas de sus ovejas, pues de hecho desparecieron los crueles y sangrientos ataques de los lobos, cuya población creció de forma sana, prospera y vertiginosa. Lo mejor era que los humanos estaban felices que, dé sus rebaños desaparecían los animales viejos, débiles y enfermos.

Por mucho tiempo, tal vez años, esta situación de felicidad se propago por la comarca y cundió la felicidad por toda ella. Esta situación que tal vez había durado décadas, un día, cambio. Ocurrió que las manadas de lobos, ahora abundantes, jóvenes y ávidos de aventuras se cansaron de comer animales débiles y enfermos; cuando no viejos y siempre flacos porque en la cueva del lobo poco o casi nada había para que las ovejas pudieran comer. Los lobos de la comarca comenzaron de nuevo a cazar, porque eso es lo que les gusta a los lobos, cazar con saña y crueldad, ser lobos. Y también los hombres humanos, cansados de tanta tranquilidad se motivaron a salir al campo de nuevo para cuidar sus rebaños y cazar lobos jóvenes y sagaces.

Mientras tanto en la cueva la situación que era tranquila para las ovejas enfermas y débiles que no se preocupaban por su entorno ni por su destino; más que de comer y tener intenciones de reproducirse; todo también cambio. Sin ninguna disminución de la población los alimentos se hicieron más escasos hasta el punto que se agotaron y la inquietud las agobio. En ese estado el lobo de esta historia estaba cansado y viejo, por lo que paso lo que tenía que pasar; cada día, en la tarde se ponía a contar las ovejas que tenía en su poder y se quedaba dormido muy temprano. Aprovechando esta situación las ovejas carentes de comida y confinadas en el interior de la cueva, comenzaban una discusión como nunca lo hicieron y hablaban sobre huir. Las más osadas, jóvenes y sanas, repetían incesantemente y en tono acusador la palabra lobo. 

Pues ocurrió que un día se quedaron sin nada que comer. Luego de consumir sus propias heces y de sus compañeras; recuerde usted que las heces de las ovejas son básicamente pasto comido con tristeza y digerido con desdén; pues se volvieron locas del hambre y en esas condiciones hicieron lo único posible. La pocas ovejas jóvenes y sanas, que no conocían el otro mundo más allá de las paredes de la cueva encabezaron la revuelta contra el moribundo lobo a quien acusaron de retener el alimento y de no proporcionarles el poco pasto que quedaba para él y solo repartir entre sus preferidas las heces de las ovejas muertas. Y en ese momento se desato la locura de las masas. Las ovejas, todas las ovejas, se comieron al lobo que no se defendió, quizás por estar dormido, quizás por viejo, tal vez por enfermo. En ese acto de demencia colectiva las ovejas más delirantes se comieron unas a otras y cuando no pudieron comer más comenzaron a repetir la palabra lobo mientras asesinaban a las más indefensas de sus compañeras de infortunio. Al final de esa matanza que duro por siete días llenos de insensatez, había ocurrido una carnicería como nunca la cometieron los verdaderos lobos más desquiciados. 

Las ovejas que sobrevivieron, satisfechas, con la panza llena de carne, casi fuertes y cubiertas de sangre y heces subieron a la superficie desafiando sus miedos y vieron la luz directa del sol por primera vez en sus vidas y entonces hicieron lo que hacen las ovejas. Se reunieron con las otras ovejas que nada sabían de lo ocurrido bajo tierra y juntas comenzaron a pastar.

Al caer la noche, en medio de la oscuridad, no lejos del lugar donde apacentaban todas las ovejas y descansaban los humanos con sus perros, un joven lobo, que había nacido en otra camada y nada sabia de lo ocurrido, pensaba y meditaba, que lo más conveniente para todos los lobos era dejar de robar ovejas y cazar, limitados a sus propias necesidades y comenzar a atraparlas para luego acumularlas en su cubil, una cueva muy, muy grande y confortable la que, como en todos los cuentos contaba con suficiente agua para que las muchas ovejas pudieran vivir sin problemas durante un corto tiempo y con suficiente luz del sol para que…


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