La primeras vez que le vi era uno más en la fila de obreros que esperaban su liquidación de prestaciones laborales luego que la hacienda donde trabajarán pasara a ser liquidada pues, los nuevos dueños, quienes la recibieron por herencia, decidieron que lo mejor para sus intereses sería dividir la hacienda, vender todo cuanto no les fuera útil y comenzar de nuevo con los activos que les fueran convenientes. La idea más sonada era la construcción de un hotel de corte rural que sacara provecho de los hermosos paisajes en beneficio de los turistas.
Yo era el abogado liquidador y sobre todo encargado de la solución de los asuntos laborales, tenía algún tiempo en el ejercicio y sentía que ya nada me podía sorprender. Luego de atender y tomar nota de los casos de quince obreros que hacían reclamaciones de diversa índole llegó el turno del becerrero. Ante mí se plantó un hombre de cara redonda, pelo liso como el de los indígenas, con una amplia y perfecta sonrisa, muy contagiosa; algo muy extraño entre aquellos hombres serios, recios y poco amantes de la salud dental. Vestía con la misma humildad que los demás trabajadores, con ropas de trabajo que contrastan con mi elegante traje gris. Sus manos eran lo único que no hace juego con su aspecto de indígena ensombrerado y risueño, gigantescas, muy gruesas y aunque me daba vergüenza le extendí mi derecha, pequeña y suaves. A mis tres primeras preguntas sus respuestas son, no lo conozco, no tengo y no lo sé. Me asombre, fueron demasiadas respuestas negativas para la entrevista inicial. Le pregunté su nombre completo, su número de cédula de identidad y cuánto tiempo tiene trabajando en la hacienda. Esa tríada de respuestas me desconcertó; quién ha laborado el derecho en los predios rústicos sabe que allí todo es posible, pero sus respuestas a todas mis preguntas me tenían perplejo; atendiendo a mi experiencia le dije al becerrero que me esperara al final de la fila que ya se prolongaba, larga y aburrida en el pasillo exterior de la casa principal de la hacienda.
Al final del día llego de nuevo su turno; le pedí me contara toda su historia desde el principio. Con mucha calma me dijo que no lo recordaba pero que los ordeñadores más viejos del lugar le habían dicho que llegó como de cinco años, de la mano de su padre quién también tocó las puertas del lugar pidiendo trabajo y se lo dieron; quién desafortunadamente murió el primer de trabajo víctima de la patada mortal de la vaca más necia que pudiera existir; desde ese día se quedó sin padre y sin saber quién era, pues un día no fue tiempo suficiente para que un viejo indígena taciturno y desconfiado contara porque había llegado a la hacienda con un niño tan pequeño. Según le contaron, al hombre lo velarán y enterraron sin mayor trámite, mientras, el niño pasó desapercibido por tranquilo; nunca lloro, acepto todo cuanto le dieron y siempre pareció estar en casa y ser uno de los varios niños del lugar.
Me conto que desapareció de la vista de todos porque cuando tenía hambre entraba y comía como uno más de los hijos de los ordeñadores en las casas del lugar, pero sobre todo porque ya dentro del corral se llevaba muy bien con vacas y los becerreros, con quienes compartió ubres, juegos y sitio donde dormir, sin notar el paso del tiempo ni notar que la ausencia de un padre o madre le hicieran falta. Los obreros de ordeño le dieron sin saber el único nombre que conoció, becerrero, así le llamaron y así se quedó. Cuando creció aprendió los oficio de los hombres de campo solo observando y a amar a las hijas de aquellos hombres solo experimentando, por esa causa nunca nadie se preocupó por la vida de ese muchacho que vivía en el almacén de los corrales, que siempre estaba allí para trabajar tanto como hiciera falta.
Cuando se hizo hombre y decidido hacer familia, se juntó con una muchacha; la más especial, no por hermosa; ella era la más cariñosa y la única que le había aceptado tal y como él era. Armado con su amor y envalentando por el apoyo de aquella buena mujer se decidido a hablar con “el patrón viejo”, el abuelo de los últimos dueños, quien le tenía aprecio por buen trabajador y le pidio permiso de construir una casa en un terreno alto muy cerca de los corrales de ordeño desde donde podía ver el trabajo de los ordeñadores, los becerreros y los vaqueros que desde entonces estaban bajo su control y mayordomía, último cargo que hasta hoy conservo.
Al morir el “patrón viejo” ya era padre de tres hijos que recibieron cuidados amorosos, educación firme y el apellido de su madre, quien entendió que el becerrero no quería salir del mundo donde vivía y ella para preservar su amor, el hombre amado y su tesoro lo conservo enterrado allí. Muchos años después, cuando enviudó, por su decisión, la esposa fue enterrada en terrenos de la hacienda donde la pudiera ver todos los días desde su ventana.
Luego de escuchar la historia llena de detalles y amenizada por no menos de seis cafés y una cena en su casa, hermosa y agradable, servidapor una agradable ama de llaves, le pregunté cual había su último salario o vacaciones y respondió que nunca hacia recibido alguno o disfrutado de tiempo de descanso, que de hecho nunca había salido de los predios de la hacienda, ni siquiera al pueblo cuyas lejanas luces se podían ver brillar entre las ramas de los arboles.
A la mañana siguiente me reuní de nuevo con el becerrero y sus nuevos patrones, les expliqué la situación a todos y las complicaciones que surgían. Esperando una respuesta llena de ceros le pedí una cifra y dar por terminada esta pesadilla legal. Contesto lanzando su sonrisa diáfana, señor soy feliz siendo el becerrero, no quiero nada más, ni ropas, ni riquezas, solo la casa que construí con mis manos y un pedacito de tierra al lado de mi mujer, yo quiero seguir en paz.
Tanta sencillez es algo para lo que algunos no estamos preparados; delante de mí estaba un individuo sin vida, sin historia, quien fue abandonado cual cachorro; tirado en una hacienda que lo absorbió como un activo empresarial e ignoro por completo su naturaleza humana. Lo más terrible es el colofón de esta tragedia, el protagonista quería cerrar el acto final de su vida como músico de un naufragio, positivo hasta el final.
Durante unas semanas no supe que hacer, luego llegó la iluminación, se hará lo que se debe hacer comenzando con la identificación. Cuando me despedí del becerrero quién ya tenía nombre, cédula de identidad, cuenta en el banco, teléfono móvil celular y televisión, lloraba a lágrima viva como de niño no lo hizo cuando fue arrancado a su madre, como tampoco lloro por la muerte de su padre, la partida de los hijos o la ausencia de esposa, todas esas lágrimas y sentimientos colmaron su corazón cuando le hicieron millonario, para su desgracia.
Hoy ha tocado a mi puerta. Tiene la compañía de un niño de trece años y es el mismo hombre de cara ancha y sonrisa hermosa, usa bastón y su infaltable sombrero. Me contó que por mucho tiempo no había podido gastar un céntimo del dinero, ¿y en qué? lo único material que deseaba lo tenía, la casa que construyó y la promesa de ser enterrado con su mujer. Contó que una tarde una mujer con uniforme de alguna agencia del gobierno se acercó a la casa llevando de la mano a un niño de unos tres años, solo tomo un café, e hizo el tiempo suficiente para decirle que los padres del niño fueron presos en el extranjero y condenados a cadena perpetua, incomunicados y sin posibilidad de apelación, enterrados en vida hasta el fin de sus días, el niño nació en prisión y por razones humanitarias lo enviaron con el único familiar que les conocía, buscaban una hacienda sin saber a ciencia cierta donde estaba ubicada y por eso tardó dos días en encontrar el lugar donde ahora se encuentra en un hogar. Después la mujer partió, y el cachorrito abandonado gimió; para consolarlo le mostro la casa y el jardín, cuando el sueño le venció lo acostó a dormir en su propia cama. Esa misma noche tomo la decisión más importante de su vida, en la mañana lo llevaría a conocer todo hotel. Al día siguiente el invasor quiso ir mas allá, al pueblo más cercano y hoy diez años después el niño le está llevando a su primer viaje al exterior, me dice con su genial sonrisa, se imaginaba abogado, el muchacho va al exterior y me lleva a mí, al becerrero.
La última vez que le vi se alejada por los mal iluminados pasillos del edificio donde está mi oficina, me pareció que andaba con dificultad, tal vez cojeaba un poco porque las cadenas que le ataron aún se aferran a sus pies, pero no dije nada, llevaba el mismo paso del niño, seguro a ese ritmo lograría pronto liberarlo de sus últimas ataduras.
Muy bueno el relato debes utilizar palabras que ilustren una escena Llanera como Vaquera,botal9n,cantarás etc
ResponderBorrar