Bomberos, amor y miel

 Bomberos, amor y  miel

 

En una ciudad cuyo nombre ahora no puedo recordar

ocurrió que dos bomberos, ella y él se conocieron

ella venida de una ciudad jardín,

el nacido en la más dulce tierra.


 Su historia comenzó la noche de un lunes

en el primero de tres días que algunos no recordaran

En el techo de la escuela frente a la iglesia,

ocurrió por primera vez que sus miradas cruzaron

en un servicio que en ellos será para siempre.

Y ante nuestra mirada incrédula su primer incendio

fue causado por qué de esos corazones manaba tan intensa llama

que ardieron 12 hectáreas y un camión.

 

Desde entonces desarrollaron un amor silencioso

que nadie supo cuándo comenzó, quizás,

opinaban algunos, se conocieron tiempo atrás,

pues sólo conocidos con tal confianza se suelen tratar.

 

Nada a ellos se les importaba

pues tan sólo su calor, compartir deseaban.

Aquella noche segunda desde su primera mirada

se encontraron en el techo de aquella escuela

donde las abejas feroces intentamos controlar.

Allí junto a la escalera, a la luz de la luna menguante

en febrero él, la pudo ver, traje blanco, sucia de tierra y miel,

guantes altos, hacha en la derecha y panal de abejas en la izquierda.

 

A través del velo, sostenido por un sombrero colonial

sus ojos marrones, su dulce piel morena, notaron en la oscuridad

los ropajes rojos brillantes tiznados

con humo y carbón del último incendio ya olvidado.

 

Agobiado por el peso de los equipos

con una rodilla herida por los escombros

al descuido le decía con sus ojos lagrimosos,

“yo te amo”, con la sonrisa contenida 

que amenazaba por estallar en un “te quiero” 

Ella no podía dejar de percibir en él

la serenidad y confianza agitadas

por el trabajo y el humo, le contaban de su amor.

 

Y fue en ese alto techo donde sus vidas entrelazaron

sus corazones al unísono cantaron

una canción de amor, al beso, al corazón

que en forma de luz de entre sus cuerpos surgió.

 

Al principio chispa pura, luego como una estrella

en una noche sin luna, después poco a poco creció

hasta cegarnos con su fulgor de sol al medio día.

Al volver la semioscuridad de la ciudad

no los encontramos. Nadie comentó nada. Todos lo sentimos.

al terminar la labor de aquel tercer día

todos percibimos la dulce sensación del dolor

cuando das algo por mucho.

 

En verdad, todos perdimos algo de nosotros.

Y lo encontramos en el lugar menos esperado.

La siguiente noche, encontramos dentro del techo escolar

un enjambre de abejas con su aguijón que rodeando a la reina

que, anidada entre sus pechos, coronaba con sus alas

aquel primer, único y final de beso de amor.

Les fue necesario convertirse en miel

para que todo entendiéramos su amor.

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