Las riendas de duro cuero entre sus dedos cortaban sin piedad su piel, sus manos sangraban,
los lomos de las mulas también. Mis ojos se llenaban de lágrimas que se escurrían sobre mis mejillas para después pasar al del surco recién abierto. Me decía que dejara de llorar, mientras ella misma no paraba de hacerlo mojando su vestido, sus ensangrentadas manos hasta sus pies descalzos que ahora lucían más endurecidos de lo usual porque ahora los estigmas rojos en ellos les hacían ver crecidamente adoloridos e inflamados. Ella usaba el pesado vestido de ir a misa y debajo de él no paraba de sudar. Yo le rogaba para que parara, y seguía sin escuchar, avanzaba y hacia avanzar a las mulas. Yo seguí a su lado sin parar de llorar y suplicar.
Desde que papá murió ella fue todo para nosotros, padre, madre, autoridad, cocinera, maestro, cura y doctor. Para darnos de comer araba los campos ajenos que nadie quería trabajar, los inclinados y con grandes pedruscos; los secos, los más llenos de cizaña, esa que corta los pies y pica en las piernas y brazos. Lo hacía de noche, lo hacía al medio día, con sol, con frio, siempre que la necesitaban ella salía y araba.
Yo solo pensaba en las aventuras a vivir en América y la riqueza sin límites que allí me esperaban. Y para celebrar mi futuro, lleno de emoción juvenil arranque de cuajo la verja del vecino solo para demostrar a mis amigos mi fuerza. Me prepara para ir a celebrar mi hazaña y emborracharme por primera como hombre y última vez con los compañeros de siempre cuando ella entro sin saludar al único bar del pueblo, un lugar vedado para mujeres decentes; y sin decir palabra delante de todos me abofeteo.
Apenas unas horas antes supo de mis fechorías, la verja, la huida del colegio y la partida al nuevo mundo que tanto le oculte. Luego me arrastro en silencio hasta el campo que estaba pendiente por arar y sin importar que era jueves Santo ni la llegada de la noche, no paro hasta terminar.
Soltó las mulas, les retiro los aperos y se arrodillo antes ella y en silencio rezo una oración y les pidió perdón. Entonces, aun de rodillas, pues no se pudo levantar, con las manos heridas, con los pies sangrando, las costillas a la vista a través del vestido empapado en sudor y sus ojos brillado por las ultimas lágrimas, soltó las palabras que espere toda la tarde; siete palabras para nuca olvidar: has lo correcto y cambia tú destino.

Estas líneas intensas me hacen recordar mi niñez en el campo., en mi hermoso y pintoresco pueblito en Yaracuy.
ResponderBorrarPaisano siga escribiendo y disfrute el camino.