¿Por qué los jóvenes no van a los museos?

Las palabras escritas a continuación lo fueron en el frio de la noche y están dedicadas a

quien necesite una respuesta a tan dura pregunta y que desea que la respuesta le suene cual

canción de cuna, que le arrulle todas las noches o cual poema social que le impacte sin

dolor o remordimiento en la conciencia.

Sí, es cierto en ocasiones hay culpa en nuestros corazones y conciencia porque nuestros

hijos no son amantes de las bellas artes clásicas, la ópera, el teatro, la buena música y lo

estético visual y por esta causa sufrimos en nuestro rol de padres, y es verdad; pero mucho

y poco tenemos de culpables en esa situación.


Algunos llegan a condenarse con la frase “no he hecho suficiente”; olvidando que ellos,

nuestros hijos, y aun nosotros, por nuestros padres, fuimos criados en un mundo en donde

se nos niegan esos placeres del alma y la satisfacción profunda de los sentidos más allá de

la simple percepción visual, auditiva, táctil y gustativa.

Quienes viven leyendo libros sin muñequitos, escuchando música con más de un ritmo y

dos compases, que no es bailable ni sirve para perrear, o mirando imágenes más complejas

que dos gatitos abrazados, están encerrados en un mundo que les condena por no saber

bailar, por cursis, aburridos, locos solitarios, ermitaños y que les señala los delitos de no

tener una pareja que este bien buena y de tener pelitos en la planta de las manos.

Ese mismo mundo que les critica, se voltea, les da la espalda y rechaza, es el mismo en

donde se ha dado preminencia los valores de lo monetario, lo repetitivo, la imitación, la

inmediatez, al logro con el menor esfuerzo, a cortar y pegar, a la mediocridad y su hermano

el conformismo.

Esto ocurre porque ese orbe escogió como formas de actuar las propuestas por las series de

televisión del momento y de ellas extraer los modos maneras e ideas que quiere consumir y

que han sido analizadas y masticadas por otros, propuestas y modeladas por las estrellas y

la farándula del momento, y ocurre que luego excreta comportamientos robóticos, de

manada empujada por el instintito de tratar de ser alguien quien no es y que no podrá llegar

a ser pues no tiene suficiente dinero para pagar esa cadena, el pantalón o el perfume que

impone la moda.

Y lo triste es que asimilamos esos métodos, buenos, malos, malísimos y peores que nos son

ajenos como reglas de sana cohabitación, como formas de ser aceptados, para encajar en

un grupo y parecer ser normales; todo por miedo a ser diferentes, por temor a ser llamados

“especiales”.

Qué hacer si algún hijo quiere ir a un museo, un concierto o exposición, o más difícil aún,

si alguno de ellos, alguna vez y por siempre, se quiere aislar en la música (la ejecución de

un instrumento para el deleite de los demás, no para su satisfacción personal basada en los

zapatos de moda o para tener relaciones sexuales a temprana edad sin protección), a la

pintura (la que no tiene nada que ver con el pintar sus iniciales en paredes ajenas o en las

nalgas propias), a la lectura (pero no de esquelas en el teléfono o chascarrillos en las redes


sociales de la internet), o si acaso dice que quiere ser cantante de ópera, no te sientas

defraudado, no sufras, retira ese pensamiento de derrota, espanta la negra nube en tu frente,

tranquilo que tu retoño no está tomando drogas, no va a ser un fracasado, no tiene

tendencias sexuales que te son adversas ni tiene un tumor cerebral inoperable. En ese

momento por favor recuerda mis anteriores palabras, destapa otra cerveza más, súbele el

volumen al aparato al que están conectados tus audífonos, sigue escuchando tu música de

moda, dale una palmada en el hombro y no le pares bola al muchacho o la niña, tampoco le

quites la ilusión, déjale en paz, porqué es feliz y quien está mal eres tú.

Comentarios

  1. Es una costumbre que debe ser inculcada por los padres, educar, generar y difundir conocimiento. Enseñar que los museos es una forma didáctica y visual de ahondar en áreas, temas, y períodos de la historia regional, nacional y mundial. Aquellos jóvenes que haya contado con padres que se interesaron en la formación integral de sus hijos, llevan una ventaja abismal.

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