Observarlos en el aire es una delicia, ver las imágenes que captan un placer; todos quiere uno, los políticos, los civiles y las fuerzas militares también. El objetivo es el mismo, la defensa de sus ideas y la promoción de su pensamiento, todo hecho realidad por maquinas voladoras que capturan desde lo alto imágenes de fantasía. Estos artefactos son la combinación de ociosidad y tecnología avanzada que permite llevar en un segundo imágenes aéreas de un lugar o un hecho a la consola de los operadores de la guerra política y social. Desde su aparición, los canales de televisión por cable no se cansaban de mostrar a los drones como la solución para todo; en la frontera Mexicana combaten el tráfico ilegal de personas y narcóticos, en el mar protegen a los barcos del ataque de piratas, sirven para observar las plagas que destruyen cultivos, vigilan la fauna amenazada o hacen más emocionante las vistas de un parque o un gol en el futbol.
Jurisprudencia que regule su uso y vuelo, ese revoloteo inspirado por ángeles o demonios no existe en el país; por eso, estos sistemas que vuelan sin humanos a bordo continúan navegando sin control sobre nuestras cabezas. Los “drones” se convirtieron en la solución perfecta a la mayoría de los problemas morales y políticos que surgen cuando se bombardea o espía, a amigos o enemigos, porque si algo sale mal se puede decir: ¡yo no fui!, o que se sospecha que las máquinas están empezando a tomar conciencia propia. Cuando uno de ellos es agarrado el propietario lo primero que aplica es la negación, eso hicieron los gringos cuando uno de los suyos fue atrapado por las fuerzas de defensa iraníes. Luego viene la sublimación, “ese era un modelo viejo”, “fue descartado porque no tenía repuestos”. En ese caso, al final se habló de mala inversión, de uso irresponsable y hasta desautorizado.
Ojos de libertad, águila vengadora o cazador aéreo son los nombres con que bautizan a estas máquinas tenebrosas llamadas también terroristas, bombas voladoras, invasores del espacio aéreo, que amenazan a la seguridad e intimidad de simples ciudadanos que no tienen leyes que impidan a estas máquinas y sus propietarios, hacer lo que se les venga en gana. Está suficientemente demostrado que quien tiene capacidad de adquirirlos y usarlos es respetado por su poder de penetración y de adquisición de información; es decir, tiene el poder de la inquisición y la imagen real desde el aire, y es con ese poder que hay que negociar. Eso es la nueva diplomacia, la diplomacia de los drones.
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