Fausto, es uno de sus sinónimos, lujo es la palabra en boga hoy día, por eso es conveniente saber que suntuosidad, magnificencia, boato y pompa son usados como equivalente de aquella, sobre todo en la boca de quienes creen vivir en él. Y es que, quien tiene abundancia de cosas no necesarias y dice vivir en el lujo, porque tiene de todo, nunca podrá vivir el placer del verdadero lujo, pues sus medios le permitirán, entonces, obtener de forma usual lo que para las personas comunes es difícil o imposible.
A quienes conscientemente viven en él, la existencia del lujo, es cosa muy buena o extraordinaria. De allí ese sentimiento de que “recibir a un invitado tan distinguido es para nuestra familia un lujo” aunque el convidado sea un harapiento. No podemos negar que hasta en los más humildes hogares el lujo existe y es una señal del éxito económico de sus miembros y en muchos casos la medida de la superación de sus integrantes, por eso siempre ha sido un concepto que ha tenido relación con el poder, jerárquicas. Es un concepto que se ha mantenido unido al desarrollo del ser humano, los gobernantes y de los gobernados, pues sin importar la suerte de estos últimos, se considera que un país está bien si sus dirigentes pueden navegar, nadar o bañarse en las leches y mieles del lujo. Para los pensadores griegos y romanos la proximidad al lujo era en extremo perjudicial para la vida de los expuestos, una suerte de toxina para el alma, invisible, inodora, pero muy sabrosa y adictiva, puesto que suponía que la persona se alejaba de lo natural, la virtud y lo puro, por eso, para aproximarse a la santidad es necesario apartarse del néctar del lujo como primer paso de un largo camino.
Un punto de vista interesante es, mirarlo como necesidad, como motivador de los anhelos personales más difíciles de lograr, la justa recompensa a los dolores, frustraciones y escases. Aun así el lujo recibió una serie de asociaciones negativas que se han mantenido con el paso de los siglos: como el gasto innecesario, el afán de lo deseable y no necesario,
lo difícil de conseguir, y un placer que se obtiene rara vez. Otro punto de vista es considerarlo como un exceso, puesto que la palabra proviene del latín “luxus”, que tiene tal significado, y ellos en cierto sentido son todo aquello que va más allá de la normalidad y de las necesidades básicas.
Se puede considerar que es un factor contribuyente al desarrollo de las economías. Fue gracias al comercio de objetos de lujo como la seda, el jade y las especias que el comercio entre el lejano oriente y Europa se desarrolló, igual ocurrió con el tabaco, el cacao y América. Nadie nunca pensó que esos productos eran importantes para el desarrollo humano de los pueblos de su tiempo, eran lujos por los que se pagaba, que se convirtieron en contribuciones al desarrollo económico, que permitió la exploración y desarrollo de medios de navegación y el establecimiento de nuevas rutas. Su aporte a las economías internas es decisivo porque reconoce al artesano y sus obras de fina elaboración, de otra forma este exquisito trabajo solo serían bagatelas y desperdicio de tiempo, desaparecerían sin ser apreciados en justa medida. Solo el consumo por el lujo aprecia el valor de esas fuentes del conocimiento y habilidad humanas, las valora y las convierte en riqueza, casi nunca para el orfebre, pintor, labrador, ebanista o ceramista, pero las hace valer.
Tenemos que ver quien accede a los lujos. El mejor cliente del lujo no es el rico, porque el poco compra, el hereda, le regalan, o no tiene interés; es el recién llegado quien más adquiere, y lo hace en forma rápida y desesperada para apropiarse de aquello que a otros ha costado años y generaciones en tener. Esa es la forma de identificar a un recién vestido,
la forma en que consume objetos del lujo. Y el mejor consumidor no es el más rico, si no aquel que adora los objetos, ahorra para tenerlos, o mata por ellos. Por eso, quienes más compran son los abundantes pobres que ahorran, se endeudan o roban a otros pobres para adquirir el lujo que desean y están seguros de merecer.
Opuesto a lo necesario, frugal, miserable, austero y humilde está el lujo, dicen los hombres sabios; por ello asociamos el lujo con lo malo y lo pernicioso, y sin embargo lo buscamos y lo anhelamos. Las entidades religiosas siempre terminan, más tarde que temprano, cubriendo sus senos con lujos, cada vez más costosos. El inicuo e inmoral es mostrado cubierto de oropel, ganador de fortunas fáciles, exquisito, glamuroso, político, rodeado de lujos. Pero el lujo no es un completo mal, es útil para proporcionar metas fútiles a las masas en el logro de objetivos superiores y plantea un modo de gestión económico satisfactorio, el lujo mismo; el error está en el enfoque dado y en la concepción simplificada. Ser cegados por su brillo, es un lujo que no podemos permitirnos.


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