Prendas obsoletas

 Prendas obsoletas

Cuenta la historia que en un país muy lejano un poderoso padre del crimen, capo de capos, el pran en las calles, padrino de las mafias, el venerado amo del quebrantamiento de la ley, fue capturado por error, casi sin querer, porque ocurre que a ellos nunca los atrapan tras una larga búsqueda o por un proceso bien armado, ocurrió que fue atrapado por un honesto policía que le encontró cuando el personaje principal de este cuento se encontraba comiendo un perro caliente en el puestecito que desde su infancia siempre se encontraba en la plaza de su pueblo natal. El hombre fue condenado por tribunal compuesto por gente honesta que actuó y decidió como dicta la razón que deben ser los jurados, de forma ingenua, en fin, no sabía lo que hacían. no está demás agregar que tiempo después todos ellos murieron, uno a uno de forma misteriosa, hubo quienes sufrieron accidentes fatales, olvidos mortales y enfermedades repentinas luego del juicio, anunciado el veredicto y dictada la sentencia.

Estaba pues nuestro individuo por primera vez durante su vida adulta, que ya alcanzaba la madurez, en una cárcel, y sin nada importante que hacer, pues sus dedicados lugartenientes se encargaban de todo, dentro y fuera de las paredes del penal que le retendrían por mucho, mucho tiempo. Y ocurrió lo impensable, conociendo que cualquier posesión terrenal le haría acreedor de una puñalada proveniente de otro prisionero irrespetuoso interesado en su televisor, teléfono o zapatos, decidió tener en su celda la única pertenencia que un reo común nunca osaría en arrebatarle: libros. Irremediablemente aconteció lo que debería, en la soledad de la celda y sometido por la inacción de sus paredes el criminal comenzó a leer, y a leer de todo; esto lo llevo por supuesto a leer sobre uno de los temas más debatidos por científicos, filósofos, metafísicos y religiosos: el verdadero valor de las posiciones terrenales.

Luego de un tiempo de reflexión el bandido entro en cuenta que en un pasado lejano el oro era un metal sin nombre ni utilidad práctica, luego las personas con las armas y el poder político le dieron un valor basados en la dificultad de su obtención, luego un nombre, después el único uso posible para esos tiempos, como símbolo del poder, medida de la elegancia y del estatus social. Y así aumentaron sus riquezas sin invertir en el trabajo. El colmo fue exhibirle en armas y trajes de guerra para ganar la obediencia de las masas comprando su conciencia con la promesa de otorgarles sobras de su brillo, despojos de su belleza. Entendió el ladrón que el oro, las piedras preciosas y otros metales quedaron reservados a una elite, pues de otra forma perderían su prestigio, entrarían en decadencia y perderían su valor como herramientas de control social. Por esa causa hoy nadie se atrevería a mostrarse en público con una cadena de oro sobre la panza, ni otra prenda de valor, pues el deseo de posesión sobre un objeto sin utilidad práctica convierte a hombres en chacales capaces de comer chacales.

Después de muchas lecturas descubrió que esos metales fueron sustituidos por los más preciados tejidos y pieles, que también, y finalmente, hoy día están a punto de pasar de moda. Luego de algunos años de estudio proclamo entre todos aquellos que le quisieron escuchar desde lo alto de una silla colocada en el centro del patio del penal que “presumir de cosas costosas es hoy día índice de atraso espiritual”. Nadie le escucho. Esa noche acabo el cuento cuando un puñal guiado por mano anónima le cortó la garganta para silenciar sus gritos de terror cuando una sombra entro a la celda a robar un poquito de pasta dental. La moraleja es que el oro y el terciopelo han perdido su lugar como hipnóticos de las masas y su espacio está ocupado por los artilugios tecnológicos, de los que nos han convencido que son necesarios e imprescindibles para nuestras vidas.

A la mayoría nos cuesta entender que con la compra de algún objeto tecnológico, video, audio, entretenimiento y comunicación, en realidad tratamos de comprar para exaltación del ego una parte de la inteligencia, los pensamientos e ideas de sus creadores. Si el modelo y extravagancia del vestido medieval representaba el gusto, poder, riqueza y atraso moral de su propietario, hoy día la versión del aparato, que más que emplear se posee, dice sobre la inteligencia y el nivel de retroceso espiritual de su usuario. Y es que presumimos de artículos tecnológicos que cuestan mucho dinero, no por su valor intrínseco, pues su valor real o material es muy inferior al valor dado por sus fabricantes quienes cobran marcas, imagen, prestigio, colores, brillo, reputación y casi nada por la utilidad. Antes admirábamos quienes tenían dinero y las joyas que usaban, hoy admiramos, imitamos y tenemos como meta ser personas semejantes a ellos y por ende usar los aparatos que usan, sin saber que nos esforzamos en despreciar nuestras virtudes humanas y desfigurar nuestro propio perfil espiritual.

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