Cuentan por los caminos de Venezuela que cerca de las montañas de Yaracuy, hacia principios de la segunda mitad del siglo XX un grupo de alquimistas alemanes en su búsqueda de la cerveza perfecta descubrió la harina de maíz precocida, un producto que condenó a los molinos de maiz a desaparecer dentro del cuarto de los cachivaches hasta que un hada malvada los invocara; pero esa es otra historia.
Como la harina debe ser un producto comercial de una alta y constante calidad, lo que mucho antes llamaban hacer bien las cosas, era necesario que sus creadores impusieran dentro del proceso de manufactura actos de control que transmutan en nombre y llevan al nacimiento del “control de calidad” y con ello una nueva especie de profesionales y más aventuras, pero esa es otra historia.
Las narraciones no aclaran cómo se descubrió la harina precocida, unos dicen que eran alquimistas y otros que eran maestros cerveceros, otros que fueron italianos magos traídos en secretos y los más osados que solo fue un golpe de suerte. Lo que sí fue cierto y de eso no existe dudas, es que los magos de la harina en su deseo por un producto siempre excelente y perfecto, sacrificaron palos de yuca y sacos de arroz a los dioses paganos del éxito. Esa necesidad de calidad trajo como consecuencia que los lotes de producción fuesen sometidos a una prueba muy obvia pero necesaria. Si es harina de maíz debe servir para hacer buenas arepas. Para hacerlas tenían a sabias señoras que las elaboraban en una cocinita en el laboratorio de control de calidad, Pero esa prueba no asegura la homogeneidad de los resultados pues cada persona hace las arepas como mejor le parece y las deja en el calor de la cocina tanto tiempo como le parece conveniente, en fin, el factor humano es muy complejo, variante e interviniente en la tarea de hacer las arepas por lo que nunca quedaban perfectamente iguales.
Esa era la tragedia constante del laboratorio de calidad, la falta de constancia en la cocina. Pues ocurrió que un día de agosto llegó un pasante de ingenieria, algunos cuentan que de Caracas, otros que de Barquisimeto, optando por su título, para eso debía desarrollar una tesis práctica y aplicable a la realidad, por esa causa, con su espíritu juvenil y osado, montado en sus busetas del transporte público, armado con solo una calculadora científica de ocho dígitos, tablas de vapor y dos reglas de cálculo, busco entre tantos procesos nuevos y perfectos, entre sistemas impecables, lo que ahora llaman una oportunidad de mejora.
Pasadas sus ocho semanas de plazo y sin encontrar una solución al tema de su tesis, sin dinero y sin esperanzas, con él ánimo de la derrota apoderado de su espíritu, entró al laboratorio de control de calidad para pedir un par de esas arepas recién hechas que todos los días y a cada rato allí elaboran, que todos los días le mataban él interminable hambre de estudiante.
Y ocurrió la epifanía, esta vez, como era él último día de pasantías lo dejaron pasar y ante sus ojos se develó el factor humano presente en demasiadas formas al momento de hacer las arepas en el laboratorio de control de calidad. Y allí mismo. con una arepa en las manos y otra en la boca, ambas escurriendo un hilito de mantequilla y suspirando por el pedazo de queso o mortadela que nunca llegó, hizo sus primeros bocetos, en ellos se ve el diagrama eléctrico de una plancha al estilo de las wafleras que había visto en sus aventuras en los países del norte. El tiempo de la cocción lo dio la experiencia de las cocineras y la necesidad de voltearlas desapareció pues reciben calor por ambos lados siempre con la misma y exacta cantidad. Así, al final del semestre nuestro heroe anonimo obtuvo su título con honores y había nacido él tostiarepas. Lo de su comercialización es otra historia.
La leyenda tiene un final muy triste, una noche un grupo de siete abuelitas tradicionalistas, de velo y fondo, de esas acostumbradas y felices de hacer las arepas de maíz pilado y en fogón, en secreto abdujo al ahora ingeniero y lo llevó hasta la orilla de un lago cercano para allí darle el sermón de su vida y hacerle ver la atrocidad culinaria que había cometido. Él chico arrepentido de sus actos y de la puñalada certera que dio a las arepas tradicionales se retiró para siempre a los páramos andinos en donde se dice que para purgar su pena y sus pecados solo come arepas andinas con picante barinés por toda la eternidad. Y así nació él tostiarepas
Las leyendas son historias cubiertas por el velo del tiempo y la falta de registros, otras veces por que llevan una verdad oculta y esa verdad se mezcla con la imaginación de quien narra los hechos. En estos tiempos donde las cosas ocurren más rápido las leyendas no están exentas de su influencia y velocidad, por esa razón un tema que tardaría cien años en ser leyenda se convierte en una al paso de solo una década. Por eso es necesario presentar los hechos y las verdades según aparecen, para que todos los involucrados puedan hablar, opinar al respecto y agregar su version y que todo, en conjunto, pueda ser objeto de análisis
La historia oficial del tostiarepas, según lo menciona el blog “La Tienda Venezolana”, hace referencia a una entrevista publicada en la revista “Todo en Domingo” una década atrás. En ella señala que fue Fernando Rizcalla, un brasileño, quien lo diseñó cuando era presidente de la empresa Oster en Venezuela entre los años 1989 y 2006, basándose en los modelos de budares y areperas, adaptando las sandwicheras y wafleras electricas. En aquella entrevista Rizkalla habló de las motivaciones que lo llevaron a tomar el riesgo de diseñar el aparato: “Una de las dificultades al preparar las arepas era que todas quedaran iguales. La otra, disminuir el tiempo de cocción que entonces era de 25 minutos”. Antes de salir al mercado, afirma “La Tienda del Venezolano”, al aparato se le mantuvo a prueba durante un año en los laboratorios de la Oster, apoyado por Empresas Polar. Los primeros tostiarepas aparecieron en 1997.

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