Por siempre se nos enseña que las vidas humanas son invaluables, que ni todo el oro del mundo puede pagar lo que vale una vida. Pocas frases y pensamientos están tan alejadas de la realidad como esa afirmación. Lo cierto, y los hechos lo confirman, es que las vidas humanas valen entre poco y nada, dependiendo del tasador y la moneda con que se paguen.
Para los países las vidas de sus mejores hombres y mujeres, los jóvenes, son el precio a pagar por la libertad. Y como se nos enseñó que la libertad es más importante que la vida, todos están dispuestos a sacrificar su propia vida y la de otros por la conservación de esa libertad. Como las vidas de los jóvenes abundan y se reproducen con facilidad, su precio es muy bajo. Por eso la necesidad de sacrificar mucha juventud para regar con su sangre las raíces del árbol de la libertad y que crezca frondoso, provea sombra y de prosperidad a quienes no se sacrifican por ella.
En alguna ocasión pueblos enteros han sido sacrificados en el altar de la paz, solo para solicite más sangre cuando la derramada se ha secado. El tema del sacrificio de uno por el bien de muchos es una falacia que recurre a nuestro egoísmo y ganas de seguir viviendo para sostenerse. ¿Cuántas de las personas que han sido sacrificadas por un colectivo, en razón del bien común pudieron dar libremente su opinión al respecto del sacrificio que les fue obligado a realizar? muy pocas, ninguna positiva. Cuántos de ellos pudieron decir: ¿y si lo hacemos al revés? que el colectivo se sacrifique en razón de la supervivencia de uno solo.
Una arista patética del tema son los secuestros. La introducción de la figura del “negociador” ya pone en evidencia que es necesaria una negociación en cuanto al precio a pagar por las vidas involucradas, su valor y su número. La tendencia es siempre a bajar el precio, disminuir el daño, pagar con menos vidas que sean posible las exigencias de los secuestradores. Eso ocurre porque las vidas valen poco. La mayoría de los países prefiere abandonar y ver morir a cualquier número de sus ciudadanos antes que negociar con terroristas. Luego consuelan a los familiares de los muertos con un discurso que se inicia con la frase “toda vida humana es invaluable”. Si de verdad, verdad, todos los seres humanos tuviésemos un valor infinito o cero, desde todo punto de vista, nadie podría negociar con la vida humana.
Existen algunas vidas que valen menos que otras. Parece un imposible bajar más el precio, pero, así es. Existen personas que valen menos que otras; por eso sacrificamos peones para cuidar reyes y reinas, por esa misma causa los agentes de seguridad caen muertos ante las balas de los terroristas, para salvar una vida que supuestamente vale mas que la de ellos, llámese primer ministro, presidente o capitán del equipo de béisbol. Por ejemplo los pilotos de la aviación valen más que los hombres que los rescatan. Eso lo hemos aceptado como normal que en películas como “Bat-69”, “Tras las líneas enemigas”, “La caida del Halcon negro” y otras tantas, en donde para salvar a los pilotos, los miembros de la infantería deber morir y caer como moscas. Un ejemplo patético es el film “Salvando al soldado Ryan”. Es imposible ver como un acto heroico o de justicia el sacrificar la vida de seis hombres para que sólo una pueda vivir.
Así es en la infantería. Ellos, los infantes, sean de marina, ejército o mecanizada son desechables. Los Alemanes lo hicieron en la batalla del Alamein, los americanos en el bosque de Las Ardenas, los soviéticos durante el asalto a Berlín, en todos los casos sacrificaron hombres de a pie para proteger a los tanques. Los Ingleses lo hicieron durante la “Operación Dinamo” en Dunkerque, sacrificaron a un destacamento de infantería que estaba en el puerto de Calais. Sacrificar buena infantería para ganar o perder batallas parece ser un simbolo de distincion entre los generales y almirantes.
Y aun así, parece imposible, existen vidas que valen menos que otras. Durante las catástrofes el grito de “mujeres y niños primero” oculta la desgarradora verdad: Hombres y cobardes al final, y solo si queda lugar. Para dar por sentado este aspecto del tema solo es necesario ponerse en los zapatos de una madre que debe escoger entre la vida de su marido y la de sus hijos. Y todos lo aceptamos como lógico. Existen vidas que valen más que otras.

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