El 26 de marzo de 1812 la historia
de nuestra ciudad dio un giro total, a partir de ese día quedo señalado para la
historia de San Felipe, sin lugar a dudas, un antes y un después; lo que existió
desapareció bajo los tres terremotos de ese día y los escasos documentos que no
se perdieron fueron tapiados, luego se quemaron en los incendios posteriores y si
alguno sobrevivió, quedo sepultado y se destruyó para siempre luego del deslave
que siguió a los eventos anteriores. Esa es la razón que debe impulsar el ánimo
de sus habitantes a cuidar y atesorar cada pieza de historia que existe, que surge
y así preservar las huellas que persisten en el tiempo.
Si bien no están viejo y poco
refleja de los tiempos anteriores a 1812, el Registro de matrimonios de 1889 es
una de esas piezas que más que en un registro de los hechos civiles de ese año,
es un documento histórico debería estar ya en un museo. Los más de cien años de
hechos que atesoran sus hojas son suficiente mérito para que forme parte del
acervo histórico de la nación, del estado y de la ciudad. Y no solo por su
vejez. Tiene otros valores que bien llevados pueden conducir a interesantes descubrimientos
y conclusiones, pero si esto no basta, su sola existencia se justifica con solo
hojearlo y en el descubrir algunas maravillas dignas de comentar.
De este libro lo primero que llama
la atención es la tapa hecha de cuero legítimo, nada de imitaciones sintéticas,
de un hermoso color rojo. Luego su última página, en donde aparece una declaración
del ciudadano registrador, el señor José Tomas Flores, presidente del Concejo
(Municipal) quién atestigua que firma cada una de las páginas del libro, incluso
de las que no fueron usadas; lo que nos lleva a observar la rúbrica, para
encontrar que es un hermoso trazo hecho con estilográfica, con forma de
arabesco que corona cada página.
Lo siguiente que llama la atención es la lista de personajes ilustres de la ciudad y sus apellidos, que no es necesario mencionar de forma pormenorizada, pero que están encabezados, por supuesto, por el doctor Plácido Daniel Rodríguez Rivero, ilustre epónimo del hospital central de la ciudad, quien a la fecha era un joven médico de tan solo veintidós años de edad y de menos de un año de graduado, es decir que desde la universidad regreso a su ciudad natal, sin dilación para ejercer su profesión. Este médico es mencionado en muchas de las actas, en la mayoría de las veinticuatro registradas en el libro, y no es firmante. Lo interesante de esa mención es la razón, al menos la mitad de los matrimonios se realizaron bajo la aplicación de las reglas indicadas en el Código Civil como “artículo mortis” y el galeno tenía la responsabilidad de certificar el estado de salud de quien se afirmaba estar en esa condición. lo que hace suponer que en esa época y en ese año en específico, la ciudad debió verse golpeada por alguna calamidad que afecto la salud de todos; que llevó a hombres y mujeres, sobre todo a las ultimas, a esperar el último aliento momento para casarse y formalizar la unión conyugal. Pero la falta de investigación de estas circunstancias deja abierta una ventana por donde puede entrar el duende de la imaginación o el hada de la curiosidad de quien desee especular o saber exactamente las circunstancias de tan interesante hecho.
En otro elemento que es también interesante
es que el libro está encuadernado al revés, el escudo de los Estados Unidos de
Venezuela, estampado en toda la hoja como marca de agua, esta de cabeza. Aun así
es posible apreciar en la cinta que une la palma y el olivo las siguientes
inscripciones “19 de Abril de 1810”,
“Libertad” y “5 de Julio de 1811”; además se puede apreciar que el caballo blanco se dirige hacia la derecha, mas no corre, parece trotar
con calma y gallardía.
Este hermoso libro y otros como el deben
ser protegidos, copiados para efectos legales y trasladados a un sitio donde
sean conservados, reposen con seguridad con otros tantos que aún existen de
otras ciudades del estado; y hasta los libros de sesiones de los concejos
municipales, todos juntos podrían conformar el museo de la memoria oficial y
registral del estado, un lugar de estudio y conservación del acervo histórico
registrado y certificado del Yaracuy.


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