Toros coleados: presente y evolución



Esta tradición y cultura es un asunto muy serio en el país; para algunos es “deporte nacional” (extremo) que requiere apoyo, recursos y pasión; para otros es plataforma política para sustentar su liderazgo sobre las masa, como lo hicieron El Libertador, Paéz y Boves, es catedral del caudillismo político. Existen individuos para quienes es solo otro espectáculo-negocio que reporta ganancias considerables que le permite llevar un tren de vida bien ajeno a la realidad del ciudadano común. El coleo también es costumbre y parte de la sapiencia que nos define como venezolanos, a cuyo alrededor surgen cantantes, coleadores míticos, mujeres fuertes y caballos legendarios, epónimos de canciones; ejemplares dignos para ser la cabalgaduras de héroes y paladines de la libertad, la justicia y la parranda.



Eso es el coleo en Venezuela, y no importa si es cuadrada o rectangular, construida con bambú o acero, cada pueblo, ciudad y caserío dispone de una manga de coleo a donde asistirán, aun sin ser llamados, jóvenes y adultos de todo el país, junto con sus caballos, dispuestos a jugarse la vida y salud en “su turno” con la esperanza de obtener, antaño, una cinta de colores sobre su hombro y el beso de una lugareña en la mejilla; hoy día, premios millonarios o animales de cría que no llegan a ver el lunes de la semana siguiente. En los viejos tiempos la tarde de toros comenzaba a las dos y un cohete anunciaba al pueblo la salida de cada animal y ocurría que con la caída del sol, todos, animales y fiesteros, se iban a descansar porque la tarde había terminado.
En San Felipe la fiesta de los toros coleados se realiza en el recinto consagrado al efecto denominado “manga de Coleo Don Pedro Maya” la que fue construida para sustituir al Luis Alberto Domínguez de la Independencia. El nuevo templo de este culto  esta ubicado en los terrenos que fueran el patio de antenas de la radio Yaracuy, en los tiempos en que esta tenia señal internacional, por lo que la fiesta se hace escuchar por obligación en los barrios Andrés Eloy Blanco, Las Mercedes, La Aduana, Cantarrana, Zumuco, Las Tapias, Higuerón.
En una ciudad donde están proscritos las peleas de gallos y declarada libre de la lidia de toros no tiene ya mucho sentido el torturar 30 o más animales desde las nueve de la mañana hasta las doce de la noche (en total 15 o más horas donde no reciben agua, descanso o alimentos) mientras esperan, aislados y hacinados su turno para salir a ser halados y mordidos en la cola por los coleadores, pateados y golpeados por el público, electrocutados con garrocha en sus partes íntimas y genitales por manejadores y amarradores, atormentados con música estridente a alto volumen (igual que los vecinos de los barrios que rodean la manga a quienes son obligados a escuchar la fiesta quieran o no) para luego ser embarcados en camiones en un viaje de dos hasta un matadero, con la consiguiente disminución de la calidad de la carne por la acumulación del stress nervioso, los traumas físicos y la deshidratación. Que nadie crea que después de una tarde de coleo a los toros los lleva a una semana de descanso en una isla tropical.
Esta tradición está asociada a una tarea de campo casi desaparecida, como lo era la recolecta de ganado en los tiempo en que se criaba regado por las sabanas del país, que trasmuto en lo que hoy es, de donde nació y se sostiene una raza de hombres y mujeres que son denominados “coleadores”, palabra alrededor de la cual se ha formado un culto, una sociedad no secreta, que extrañamente no tiene un representante en los alteres de la brujería, pero que tiene su propia forma y vida que incluye característica de vestir, comer, andar, divertirse y hablar, lo que permite a quien les ve y les escucha poder decir sin temor a errores quien es en verdad un coleador. Pero ha llegado el tiempo donde el coleo debe evolucionar nuevamente y hacerlo de forma positiva, atendiendo a criterios de respeto a los vecinos y su derecho a la tranquilidad y al silencio, al control de la violencia sin razón, a la duración del espectáculo, al no maltrato de los animales (caballos o toros), a respetar las regulaciones con respecto al consumo de alcohol y tabaco en lugares públicos y en presencia de menores de edad, o la tradición y su espectáculo tendrán el mismo destino que todos los dinosaurios que no lograron evolucionar y que ahora adornan museos.

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