Para la mayoría de los jóvenes de
hoy día, la opera se reduce a la expresión que dice “nada termina hasta que la señora
gorda canta”, o al tipo barbudo y disfrazado de torero, que grita una canción
desesperada, que nadie entiende porque está interpretada en otro idioma,
generalmente el italiano, alemán o español; para esos jóvenes la ópera es un
teatro en donde el público está integrado por una interminable serie mujeres de
alta sociedad cubiertas de joyas y lujosos vestidos, todo sin razón, que se
hacen acompañar por las malas de maridos
que terminan aburridos por una música simplona y un montaje fastidioso que nada
tiene que ver con la soñada pachanga que hay en el cabaret de la esquina; para
esos jóvenes es como mucho el final de la obra de teatro en donde un conejo de fantasía
se burla del cazador que le ha perseguido por un escenario interminable al
ritmo de pasajes de canciones que les recuerdan levemente algunos comerciales
de pastas o salsas que han escuchado en la televisión. Para otros pocos, casi
todos ellos románticos empedernidos, la ópera es escuchar a todo volumen en su
MP3 a tres tenores cantando canciones de un autor desconocido al estilo pop
rock. Todo lo anterior son solo acercamientos que poco o nada reflejan del
verdadero sentido de un arte mayor donde convergen canto, danza, música,
pintura, poesía, historia, arquitectura, una alquimia donde nada deja de ser lo
que es, pero donde todo se transforma en un fruto nuevo y poderoso, en la opera
ocurre que aquella premisa matemática se hace realidad palpable, que el
producto es muy superior a la suma de sus partes. Se dice que es “algo” muy
especial que lo que tiene todo de todas
las artes, y pocas artes pueden presumir de ser capaces de atrapar los cinco
sentidos del publico dentro de un espectáculo que lo tiene casi todo, incluso
las pasiones humanas, y que carece de una sola cosa: aburrimiento.
Vale decir que en nuestra ciudad se
ha escuchado menos opera desde su destrucción en 1812 que en tan solo el año
anterior al terremoto, los cronistas revelan en su escritos que esta era una
ciudad muy activa desde todo punto de vista y la cultura no era la excepción.
En esos tipos abundaba el teatro y las representaciones cómicas o no, la música
y la poesía; y no por la ausencia de la tecnología que hoy nos rodea y nos
embrutece a veces, sino porque sus habitantes, parece, disfrutaban mucho y
sinceramente con estas formas de entretenimiento que llenaban sus horas de ocio.
Es triste pensar en ello, pero hace ciento cincuenta años era más fácil
escuchar en San Felipe cantos clásicos, música culta o una agradable obra
teatral, que en los últimos cincuenta años. Lo anterior es suficiente razón
para preocuparse y especular que la ciudad merece no solo revivir los viejos
tiempos de un San Felipe exquisito y cultural, si no iniciar una nueva era en
donde esta generación tenga metas culturales como ciudad; así como en otros
lugares del mundo las ciudades y sus ciudadanos se organizan para asumir retos
deportivos como unos juegos olímpicos, un mundial de futbol o una feria universal,
la meta para San Felipe podría ser construir su teatro de la ópera.
Romeo y Julieta de Aquiles Nazoa o
alguna obra escrita por un venezolano; elegido por concurso especial para la
ocasión; deberá ser la obra con la que este teatro de la opera abra sus
puertas, un día para nunca olvidar. Su construcción no deberá ser realizada por
ningún ente oficial, ningún gobernante de turno podría disponer de las
credenciales morales y administrativas para adjudicarse el triunfo que será orquestado
por una ciudad convertida en acción, trasmutada en verbo por y para sus
ciudadanos. Deberá su construcción ser obra y trabajo de una junta formada por
personas inteligentes, ciudadanos ejemplares y “ad honoren”, que recibiendo de
la alcaldía una contribución parafiscal; como un cobro especial a las ventas o
un porcentaje adicional a los derechos de frente; reciban y administren los fondos
que estarán a la vista de todos los ciudadanos por medio de un sistema de
transparencia absoluta que pudiera ser vía internet como ya se ha visto en la
gestión de otras obras por participación del público. El lugar ideal para su
construcción será el pleno centro de la capital; en donde sea emblema nuevo de
la ciudad vieja y guardián de los secretos de la ciudad nueva, es decir, todo
un trabajo magnífico para un arquitecto idealista, romántico y soñador que por
concurso con sus iguales este decidido a dejar su huella sobre la tierra, eso sí,
de gratis. Para su construcción el sitio ideal debe ser el antiguo mercado
municipal, es excelente, tiene una plaza al frente lo que le da vista y
frescura, esta fácilmente comunicada con todos los puntos de la ciudad, que ya
es referencia de los habitantes y dispone de espacios amplios y una fachada de
buen arte que meceré ser conservada para que detrás de ella se quede toda una
parte de la historia de la ciudad, un monumento a la gente humilde que laboro
en ese lugar vendiendo cada semana lo mejor de su esfuerzo y así asegurar que el
lugar no pierda sus recuerdos, previniendo que esas memorias no sea aplastadas
por las maquinas que construyan un centro comercial.
Tiene que ser un verdadero templo
para los artistas de la ópera, una referencia mundial; como lo son La Scala, Sidney,
El teatro Colon, el de Viena, el de Nueva York, y a nivel nacional el Rafael
Urdaneta, el Municipal de Caracas, el Teresa Carreño y el de Maracay; pero
construido en una sencilla ciudad de Venezuela. Deberá ser un santuario donde
los mejores artistas del mundo hagan su sacrificio y se unten del bálsamo del
éxito al ser escuchados y ocasionalmente aplaudidos con amor demente y pasión
desbordada por el mejor público del mundo, el pueblo de San Felipe. Tal vez
alguien piense que no es necesario un palacio para la opera cuando la ciudad no
tienen un excelente servicio de aseo urbano, cuando hay huecos en las calles o
el agua no llega a los grifos todos los días, o si ya está con nosotros el
teatro Jacobo Ramírez. El compromiso de construir una obra arquitectónica como
esta lleva a encontrar por obligación las soluciones que por necesidad no se ha
encontrado a esos problemas, además ese otro anfiteatro tiene su función
social, cultural y para eso lo construyo el gobierno, y ocurre también que ese
teatro necesita de unos amigos, el teatro de la ópera, la sede de la compañía
permanente de ballet y la ya existente sede de los Niños Cantores, con quienes podría
hacer teatro, bailar y entonar coros. Además la existencia de dos y más
compañías de teatro y ópera solo pude traer como consecuencia el resurgimiento
cultural de San Felipe como antes de 1812, porque la falta de competencia y
actividad cultural nos ha hecho dormir sueños largos que nos perjudican y
aturden.

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